domingo, 22 de julio de 2012

Con sólo una palabra

No sólo dices cosas, sino que también haces cosas al decirlas. Por ejemplo, mandas, prometes, engatusas, timas, enamoras. Pero tu relación con el lenguaje se establece sobre su sustento bidireccional. Así, la palabra, signo inventado para influir en otro, puede volverse como un boomerang y acabar influyendo en ti mismo.

Lo que creemos condiciona lo que creamos de manera que la manera de hablarnos a nosotros mismos, nuestro uso del lenguaje, condiciona nuestros pensamientos que a su vez determinan lo que hacemos y la manera de comportarnos.

Cuando te sientas imposibilitado para resolver algo porque te ves a ti mismo en el interior de un túnel, empieza por acostumbrarte a reflexionar, a pensar que no es que no exista la salida a ese túnel, sino que mientras no cambies de estado mental, sencillamente, no lo verás. Puede que parezca a primera vista que esta distinción no es relevante y, sin embargo, sí lo es y mucho, porque es la misma distinción que existe entre ser torpe o realizar torpezas, entre ser un fracasado y cometer errores.

Es muy diferente el impacto que tiene en nosotros una conversación cuando usamos el verbo ser o el verbo tener. De ahí que sea tan importante que cambiemos la interpretación de la frase “soy limitado” por la de “en este preciso momento estoy experimentando unas limitaciones”. El lenguaje no sólo describe la realidad, sino que además es capaz de crearla. Nuestra forma de hablarnos a nosotros mismos afecta tremendamente a nuestra manera de relacionarnos con el mundo. Resultan muy sorprendentes los estudios del profesor japonés Masaru Emoto y sus fotografías, que muestran cómo la manera de hablar a simples recipientes con agua afecta a la forma que adquieren los cristales cuando ésta se congela. No olvidemos que un porcentaje enorme de nuestro cuerpo es agua. Resulta inquietante pensar en la manera en la que nosotros con nuestra forma tan dura de hablarnos a nosotros mismos podemos afectar a nuestro cuerpo.

Hoy en día el mundo de la energía es cada vez más reconocido, valorado y respetado. Disciplinas como el yoga, el tai chi, el qi gong o el Reiki son incluidas en el tratamiento de enfermos en algunos de los hospitales más prestigiosos del mundo. No olvides que cuando hablas, también hay una emisión de energía y hay formas de energía que sanan y otras que enferman.





P.D.: El otro día leía una frase en un libro del prestigioso médico y conferenciante Mario Alonso Puig que me dio mucho que pensar: si hablásemos a los demás como nos hablamos a nosotros mismos probablemente no tendríamos ningún amigo.


sábado, 23 de junio de 2012

Mentiras arriesgadas

Las pequeñas mentiras que tan habitualmente usamos en las relaciones sociales se conocen como “lubricantes del engranaje social”. Normalmente, se acepta que la interacción civilizada exige cierta dosis de engaño –remitir dobles mensajes, ocultar nuestros verdaderos sentimientos, olvidar cuestiones cruciales, etc.-, y, además de a las mentiras flagrantes solemos recurrir a las medias verdades. Pero, del mismo modo que la fluidez de las relaciones sociales nos exige silenciar determinadas incorrecciones, el tacto nos obliga a no denunciar las muestras de insinceridad que percibimos.

Las mentiras sociales cumplen determinadas funciones. Echamos mano de las “mentiras inocentes” para librarnos, por ejemplo, de una invitación no deseada, tratando de no dañar los sentimientos de la otra persona. Otras mentiras tienen el objetivo de mantener nuestra imagen social, son las “mentiras de autopresentación”, que no es más que eso que haces cuando intentas mostrarte un poco más bondadoso, sensible, inteligente y altruista de lo que en realidad eres.

Las mentiras sociales sólo pueden cumplir adecuadamente con su función de lubricante social cuando son recibidas con una discreta desatención. La relación directa con los demás nos ofrece la oportunidad de detectar esta clase de mentiras, observando, por ejemplo, las contradicciones entre lo que alguien nos dice y los diferentes aspectos de su conducta pero si la vida social funciona es porque ignoramos las pequeñas mentiras sociales y, en este sentido, según el psicólogo de Harvard Robert Rosenthal, las mujeres demuestran una mayor destreza que los hombres.

Pero ¿cómo aprendemos a ignorar las mentiras sociales? O es que nacemos con esa habilidad. Los niños pueden ser sumamente ingenuos, abiertos y atrevidos. Destacan no sólo por su capacidad para mentir, sino también por su capacidad para decir la verdad. Sin embargo, sólo si se trata de un niño pequeño su franqueza será disculpada, ya que a medida que crece y se le empiece a considerar responsable, esa misma franqueza puede llegar a ser sumamente embarazosa. En este punto se les enseña a mentir socialmente. Parece como si a lo largo de su desarrollo los niños aprendieran a través de la socialización a leer educadamente lo que los demás quieren mostrar y no lo que realmente sienten, o dicho de otro modo, los esquemas sociales van restringiendo cada vez más nuestra atención.


P.D. Rebelarse ante esto no sólo no es fácil además resulta poco útil. Lo primero que consiguen las personas que comienzan a dudar de las apariencias externas es una mayor sensación de inseguridad, luego pueden llegar también a sentirse culpables por su suspicacia y su falta de confianza, y tal vez terminen descubriendo algo sobre los sentimientos de la otra persona hacia ellos que quizá hubiera sido mejor seguir ignorando.

sábado, 16 de junio de 2012

Nadar contracorriente

Siempre me ha llamado mucho la atención cómo nuestra manera de comportarnos varía en función de si estamos solos o en compañía.

A veces esa  influencia funciona de una manera inconsciente como puso de manifiesto una psicóloga llamada Martha McClintock que estudió científicamente la sincronización menstrual o regulación social de la ovulación. Esta sincronización de los periodos menstruales se observa principalmente en lugares donde las mujeres conviven durante largos periodos de tiempo, ya sea entre hermanas, madre e hija en el hogar familiar o en conventos, burdeles, residencias de estudiantes e incluso en algunos puestos de trabajo. También se había observado en algunos animales de experimentación como ratones y conejillos de indias. Con la diferencia de que la sincronización menstrual que se producía en estos animalillos se hacía en base al ciclo de la hembra alfa o dominante. McClintock se dio cuenta por primera vez de este hecho al observar a siete socorristas (obviamente, todas ellas mujeres) que comenzaron el verano con periodos totalmente diferentes y que, al cabo de tres meses, menstruaban prácticamente en los mismos días.
Este efecto de influencia también funciona en situaciones más evidentes. Latané y Darley hicieron que un estudiante fingiese un ataque epiléptico en las calles de Nueva York y esperaron para comprobar si los viandantes se paraban a ayudarlo. Como les interesaba el efecto del número de testigos en la probabilidad de que alguien ayudase, los investigadores representaron el falso ataque varias veces delante de diferentes números de personas. Los resultados eran tan claros como ilógicos: conforme aumentaba el número de testigos, disminuía la probabilidad de recibir ayuda. El efecto no era trivial, ya que el estudiante recibió ayuda el 85% de las veces cuando sólo había otra persona presente, frente al 30 % cuando había cinco personas más.

¿Por qué disminuye el impulso de ayudar a los demás cuanta más gente haya presente? Cuando nos enfrentamos a un suceso relativamente insólito, como ver a un hombre caerse en la calle, tenemos que dilucidar qué está pasando. A menudo hay varias opciones: quizá se trate de una emergencia real y el hombre tenga un ataque epiléptico: quizá lo finja como parte de un experimento sociopsicológico, o quizá sea un programa de cámara oculta con un mimo que acaba de empezar su representación callejera. A pesar de las muchas posibilidades, debemos tomar una decisión rápida. La manera que tenemos de hacerlo es mediante la observación del comportamiento de los que nos rodean. ¿Corren a ayudar o siguen con sus cosas? ¿Están llamando a una ambulancia o continúan charlando con sus amigos? Por desgracia, como la mayoría somos reacios a destacar en una multitud, todos miran a los demás en busca de pistas, y el grupo puede acabar decidiéndose por la opción “aquí no hay nada que ver, sigue andando”.



P.D. Ahí va un consejo: cuando envíes un mail pidiendo a un grupo de personas que hagan algo puede ocurrir que si ven que has enviado el mismo correo a mucha gente surja el efecto de difusión y que todos piensen que responder es cosa de los demás. Si quieres incrementar las posibilidades de recibir ayuda, envía el mensaje de forma individual a cada persona.

sábado, 2 de junio de 2012

Desesperanza

No hace falta ser psicólogo para darse cuenta que uno de los rasgos más característicos del ser humano es la facilidad para rendirse, para desesperanzarse cuando las cosas no salen, de perder la confianza en sí mismo y pensar que las malas situaciones se repetirán una y otra vez.

Richard G.M. Morris, profesor de Neurociencia de la Universidad de Edimburgo, interesado en la memoria de los roedores, llevó a cabo en su laboratorio un experimento que constaba de dos pruebas consecutivas. Previamente había escogido al azar dos docenas de conejillos de Indias o cobayas. En la primera prueba introdujo la mitad en un estanque de agua enturbiada con un poco de leche, para que no vieran unos cuantos montículos que había colocado en el fondo. Éstos eran los cobayas “con suerte”, porque mientras braceaban para flotar se podían apoyar y descansar temporalmente en los promontorios ocultos antes de proseguir su marcha en busca de una salida. A la otra docena de cobayas los metió en un estanque de aspecto similar pero sin montículos. Estos conejillos “desafortunados” no tenían más remedio que nadar sin descanso para no ahogarse. Después de un buen rato, Morris sacó a todos los exhaustos animalitos del agua para que se recuperaran.

A continuación el investigador echó a los veinticuatro cobayas a un estanque de agua, también enturbiada con leche, sin isletas donde descansar. Mientras los cobayas del grupo “con suerte” nadaban a un ritmo tranquilo, el grupo de cobayas “desafortunados” chapoteaba desesperadamente sin rumbo. Justo en el momento en que las puntiagudas narices de los agotados conejillos de Indias desaparecían bajo el agua, Morris los rescató de uno en uno y, después de apuntar el tiempo que habían nadado, los devolvió a sus jaulas extenuados y probablemente sorprendidos de estar vivos.

Cuando Morris calculó los minutos que los cobayas se habían mantenido a flote, descubrió que los del grupo “con suerte” habían nadado más del doble de tiempo que los “desafortunados”. Su conclusión fue que los conejillos “con suerte” nadaron más tranquilos y durante más tiempo porque recordaban las invisibles isletas salvadoras de la primera prueba, lo que les motivaba a buscarlas con la “esperanza” de encontrarlas. Por el contrario, los cobayas que durante la primera prueba no habían encontrado apoyo alguno, tenían menos motivación para nadar y hasta para sobrevivir.

Mientras tanto, en un laboratorio de la Universidad de Pensilvania, el profesor Martin Seligman estudiaba con un método parecido el comportamiento de perros que habían sido expuestos a diversas situaciones estresantes. En el experimento más conocido, Seligman formó dos grupos de canes elegidos al azar. Acto seguido, metió a un grupo en una jaula de metal en las que los animales recibían molestas descargas eléctricas cada poco segundos. Estos pobres perros, hiciesen lo que hiciesen, no podían escapar. Al otro grupo lo introdujo en una caja metálica igualmente electrificada pero de la que los canes escapaban empujando con el morro un panel que tenían enfrente. En un segundo experimento, puso a todos los perros juntos en una jaula electrificada de la que podían salir saltando una pequeña pared. Mientras que el grupo de canes que en la primera prueba había logrado controlar los calambres se liberaba en pocos segundos, los perros que en la primera prueba fueron incapaces de escapar de los molestos choques eléctricos permanecieron inertes y no hacían esfuerzo alguno por huir de la tortura.
Seligman calificó de indefensión la reacción de estos perros pasivos sufridores, y pensó que los animales habían aprendido en el primer experimento a sentirse indefensos y, como consecuencia, en situaciones posteriores de adversidad no consideraban la posibilidad de controlar su suerte. En cierta manera, se habían convertido en perros desesperanzados, recordaban lo ocurrido en la primera prueba y daban por hecho que sus respuestas no servirían para nada, por lo que ¿para qué intentarlo? Seligman también observó que estos canes “pesimistas” con el tiempo sufrían más enfermedades físicas y morían antes que los perros que no habían experimentado la situación de indefensión.




P.D.: Hace unos días repliqué este experimento con mis alumnos en un taller de inteligencia emocional. Funcionó justo en este sentido: los alumnos con la tarea imposible confesaron sentirse estúpidos y tuvieron un peor rendimiento que sus compañeros afortunados incluso en la última prueba que sí era posible. Déjame ser frívola pero me temo que es más fácil quitarle a una persona su confianza que la cartera.

sábado, 19 de mayo de 2012

Hazlo lento

Hacer dos cosas a la vez parece muy inteligente, eficiente y moderno; no obstante, lo que suele significar es hacer dos cosas no tan bien como deberían hacerse. Como escribió Milan Kundera en su novela corta La lentitud (1996): “Cuando las cosas suceden con tal rapidez, nadie puede estar seguro de nada, de nada en absoluto, ni siquiera de sí mismo”.

La velocidad libera dos sustancias, la adrenalina y la noradrenalina, que también recorren el cuerpo durante el acto sexual. Kundera da en el clavo cuando habla del “éxtasis de la velocidad”. De la misma manera que la vida requiere momentos de esfuerzo intenso y ritmo apresurado, también necesita una pausa de vez en cuando, un momento sabático para determinar el rumbo que estamos siguiendo, la rapidez con que queremos llegar a nuestro destino y, lo que es más importante, por qué queremos ir ahí. La lentitud puede ser hermosa.

Los expertos creen que el cerebro tiene dos formas de pensamiento. En su obra Cerebro de liebre, mente de tortuga: por qué aumenta nuestra inteligencia cuando pensamos menos, el psicólogo británico Guy Claxton llama a esas formas fast thinking o slow thinking, o pensamiento rápido y pensamiento lento. El primero es racional, analítico, lineal y lógico. Es lo que hacemos bajo presión, cuando el reloj hace tictac; es la manera de pensar de los ordenadores, la manera en que funciona el lugar de trabajo moderno, y aporta soluciones claras a problemas bien definidos. En cambio, el pensamiento lento es intuitivo, borroso y creativo. Es lo que hacemos cuando desaparece la presión y tenemos tiempo para dejar que las ideas ardan a fuego lento y a su ritmo en el fondo de la mente. Aporta unas percepciones abundantes y sutiles. Las exploraciones demuestran que cada una de estas formas de pensamiento produce ondas distintas en el cerebro: ondas alfa zeta más lentas durante el pensamiento lento, beta más rápidas durante el pensamiento rápido.

La relajación suele ser precursora del pensamiento lento. Las investigaciones han revelado que el ser humano piensa más creativamente cuando está sereno, libre de estrés y de apremios, y que si uno está sometido a la presión del tiempo lo ve todo como a lo largo de un túnel. A menudo trabajar menos significa trabajar mejor. Hemos perdido la cualidad de esperar, la gratificación inmediata es muy peligrosa. Hay que reaprender el arte de gozar del momento si queremos ser más felices.

Einstein apreciaba la necesidad de conjugar ambas modalidades de pensamiento: “Los cerebros electrónicos son increíblemente rápidos, exactos y estúpidos. Los seres humanos son increíblemente lentos, inexactos y brillantes. Juntos, son poderosos más allá de lo imaginable”. Por ello, las personas más inteligentes y creativas saben cuándo es el momento de dejar que la mente divague y cuándo han de dedicarse con ahínco al duro trabajo. En otras palabras, saben en qué momento deben pensar con rapidez y en qué momento deben hacerlo lentamente.

Así pues, ¿cómo puedes acceder al pensamiento lento, sobre todo en un mundo que premia la velocidad y la acción? El primer paso consiste en relajarte, poner a un lado la impaciencia y aprender a aceptar la incertidumbre y la inacción. Hay que esperar a que las ideas se incuben por debajo del radar, en vez de esforzarse para que salgan a la superficie, dejar la mente silenciosa y tranquila. Como expresa un maestro zen, en vez de decir: “No te quedes ahí sentado, haz algo”, deberíamos decir lo contrario: “No hagas nada, siéntate ahí”.

Todos podemos aprender a hacerlo. Procura no pensar en el tiempo no como un recurso finito que siempre se escapa, o como un matón al que uno teme o derrota, sino como el benigno elemento en el que vivimos. Quizá el error está en nuestra percepción del tiempo como algo lineal y finito, algo que pasa y no se recupera. Para las tradiciones filosóficas chinas, budistas e hinduistas el tiempo nos rodea renovándose como el aire que respiramos.

Cuando se trata de ir más despacio, lo mejor es comenzar poco a poco. Prepara una comida desde el comienzo. Da un paseo con un amigo en vez de ir corriendo a las galerías comerciales para comprar cosas que en realidad no necesitas. Lee el periódico sin encender el televisor. Y cuando hagas el amor, añade el masaje. O, sencillamente, concédete unos minutos para sentarse y permanecer inmóvil en un lugar tranquilo.

Cada vez que me sorprendo a mí misma apresurándome sin motivo, inspiro hondo y pienso: “No hay necesidad de correr. Tómatelo con calma. Ve más despacio”. Mi mantra es: “Keep calm and carry on”



P.D.: No escuches siquiera, limítate a esperar. No esperes siquiera, permanece inmóvil y solitario. El mundo se te ofrecerá libremente para que lo desenmascares. No tiene elección. Girará arrobado a tus pies. Franz Kafka


sábado, 5 de mayo de 2012

Tengo miedo

El miedo, como las demás emociones, no es una emoción positiva ni negativa es simplemente adaptativa. Hasta que se convierte en ansiedad o fobia nos sirve para ser cautos y protegernos de lo que nos puede dañar. Es cierto que, a veces ese miedo ni siquiera tiene objeto y se convierte en angustia, en ansiedad. Angustia es un miedo sin objeto. ¿Qué teme el angustiado? Nada en particular. Esta característica permitió a Heidegger hacer un ingenioso juego de palabras metafísico y decir que la angustia nos revela la Nada. En todo caso, lo que nos revela es nuestra vulnerabilidad. Una de las características de los pensamientos  angustiosos es que no llevan a ninguna parte. Se mueven en círculo. Recuerdo un angustioso apólogo de Kafka, titulado la guarida: una pequeña alimaña del bosque excava su refugio y desde el interior camufla la entrada para que sus depredadores no la descubran. Pero, una vez dentro, le entra la preocupación de si la entrada estará bien disimulada. Para cerciorarse, necesita verla desde fuera. Sale, pero para salir ha tenido que destruir el camuflaje. Vuelve a construirlo desde dentro, vuelve a salir, vuelve a entrar. Su afán de seguridad le hace estar permanentemente insegura porque la angustia es una permanente ansiedad ante una amenaza imprecisa.
Los psicólogos nos empeñamos en conocer los secretos de la mente pero quienes mejor conocen los recovecos del alma son los poetas. Pocos han descrito el miedo como Rilke:
“Todos los miedos perdidos están otra vez aquí. El miedo de que un hilito de lana que sale del borde de la colcha sea duro, duro y agudo como una aguja de acero; el miedo de que ese botoncito de mi camisa de noche sea mayor que mi cabeza, grande y pesado; el miedo de que esta miguita de pan que ahora se cae de mi cama sea de cristal y se rompa abajo, y el miedo opresor de que con eso se rompa todo, todo para siempre; el miedo de que la tira del borde de una carta desgarrada sea algo prohibido que nadie debería ver; algo indescriptiblemente precioso, para lo cual no hay lugar bastante seguro en el cuarto; el miedo de que si me duermo me trague el trozo de carbón que hay delante de la estufa; el miedo de que empiece a crecer cierto número en mi cabeza hasta que no tenga sitio en mí; el miedo de que me pueda traicionar y decir todo aquello de que tengo miedo, y el miedo de que no pueda decir nada, porque todo es inestable, y los otros miedos…. ”
Déjame que siga usando a Rilke. Cuando nos cuenta la historia del hijo pródigo  la interpreta como el temor a producir angustia en los demás al darles amor… “Difícilmente me convencerán de que la historia del hijo pródigo no es la leyenda del que no quería ser amado” El protagonista huye de la casa paterna, donde todos, hasta los perros, le querían, porque no soporta la idea de hacer daño a aquellos que, por quererle, esperan algo de él, algo que él no está dispuesto a dar. “Sólo mucho después comprenderá claramente cuánto se había propuesto no amar nunca para no poner a nadie en la difícil situación de ser amado” Para Rilke  el amor perfecto es el que no pide nada, ni espera nada.
Te contaba al inicio que sentir miedo no siempre es algo malo, puede ser enormemente creativo, el recogimiento que provocan la soledad y la angustia puede crear cosas muy bellas. Rilke pensaba que necesitaba el malestar íntimo para crear.  El 14 de enero de 1912 dice en una carta al doctor Emil von Gebsattel, médico psicoanalista: “Si no me equivoco, mi mujer está convencida de que es una especie de dejadez por parte mía lo que me impide hacerme analizar conforme al aspecto piadoso de mi naturaleza (como dice ella); pero esto es falso; es precisamente, por así decirlo, mi piedad lo que me impide aceptar esta intervención, ese querer  poner en orden mi interior, esa cosa que no forma parte de mi vida, esas correcciones en tinta roja en la página escrita hasta ahora. Ya lo sé, estoy mal, y usted, querido amigo, ha podido ya comprobarlo; pero créame, estoy tan lleno de esta maravilla incomprensible e inimaginable que es mi existencia, que, desde un principio, parecía imposible y, no obstante, continúa, de naufragio en naufragio, por caminos cuajados de las más duras piedras, que si pienso en la posibilidad de no volver a escribir, me trastorna la idea de no haber trazado sobre el papel la línea maravillosa de esa existencia tan extraña” y concluye con esta maravillosa frase “temo que al expulsar a mis demonios puedan abandonarme también mis ángeles”. 



P.D.: Muchos animales tienen miedo a los ojos, porque son el signo de una vida ajena, de la que no se sabe qué esperar. Por eso, algunas mariposas dibujan en sus alas formas parecidas a ojos, para espantar a los depredadores. En el caso del ser humano, detrás de los ojos hay una subjetividad que juzga y, a partir de esa evaluación, acepta o rechaza, quiere u odia, acoge o ataca y eso, a veces, da miedo.

sábado, 28 de abril de 2012

El punto ciego

No es la primera vez que te digo esto: todos vivimos la misma realidad pero en distintos mundos. Solemos pensar que nuestra percepción del mundo es mucho más completa de lo que es en realidad. Sentimos que registramos lo que pasa en nuestro entorno al igual que una cámara de vídeo, pero lo que sucede es muy distinto. El cerebro utiliza distintos recursos para hacerse una idea de lo que sucede en su entorno pero  ¿el mundo que vemos es el mundo que existe?.... No estamos seguros, pero de lo que sí estamos seguros es de que lo que percibimos nos sirve. Nuestro cerebro no está preparado para vivir sino para sobrevivir, por lo tanto la percepción no es más que una herramienta útil para nuestra adaptación. Lo vas a entender enseguida: ¿qué objetos percibes en primer lugar cuando tienes hambre? y, cuando estás enamorado de alguien, ¿qué rasgos están más presentes, los positivos o los negativos?, me dirás: es que mi novio/a no tiene defectos, claro, ya, tu ex tampoco los tenía y ahora no encuentras una sola virtud en el/ella.
Nuestra percepción viene condicionada por nuestras necesidades (los niños pobres perciben las monedas más grandes que los niños ricos), por nuestro estado emocional (nuestros novios no tienen normalmente ningún defecto), por el entorno (el mismo tono de gris parece más oscuro si el fondo es más claro).  La percepción no es una película, de la misma manera que la memoria no es un archivo fotográfico. Recordar es como percibir en el tiempo. Cuando, por ejemplo, volvemos a nuestra guardería después de muchos años el aula nos parece más pequeña de lo que recordábamos, por no hablar de la cantidad de detalles que nuestro cerebro decide obviar, probablemente elimina hechos negativos para ayudarnos a sobrevivir, para mantenernos cuerdos.
Lo curioso es que nuestra manera de percibir es única y suele venir condicionada por nuestra experiencia. A percibir aprendemos, sí, como lo oyes. Hace unos cincuenta años, un pigmeo llamado Kenge realizó su primer viaje desde la frondosa selva tropical africana a las llanuras en compañía de un antropólogo. Aparecieron unos búfalos en la distancia –manchitas negras sobre un fondo de cielo blanco inmaculado-, y el pigmeo los observó con curiosidad. Al final se volvió hacia el antropólogo y le preguntó qué clase de insectos eran. Cuando le dijo que los insectos eran búfalos, el pigmeo soltó una risotada. El antropólogo no era tonto ni había mentido. Mejor dicho, como Kenge había vivido siempre en una frondosa jungla sin vista al horizonte, no había aprendido algo que  todos damos por sentado: que las cosas tienen otro aspecto vistas desde lejos. Tú y yo no confundimos los insectos ungulados porque estamos acostumbrados a contemplar vastas extensiones de terreno y sabemos desde niños que los objetos se ven más pequeños en la retina cuando están lejos que no cuando están cerca. El cerebro sabe que las superficies de los objetos cercanos proporcionan detalles específicos de su textura que se difuminan y se mezclan cuando el objeto se aleja; el grado de detalle visible se utiliza para valorar la distancia entre el ojo y el objeto. Si la pequeña imagen de la retina es detallada – podemos ver los pelillos de la cabeza de un mosquito y la textura de sus alas, parecida al papel de celofán-, el cerebro supone que el objeto está a más de dos centímetros del ojo. Si la pequeña imagen de la retina no es detallada –sólo vemos el contorno borroso y la forma sin sombrea del búfalo-, el cerebro supone que el objeto está a un par de miles de metros de distancia.
Como te decía nuestro cerebro construye su propia realidad, no sólo interviene de manera activa en la percepción filtrando los estímulos que llegan del exterior sino que además, debido a su escasa capacidad atencional, elige a qué estímulos prestar atención y a cuáles no.  Según Freud y Broadbent filtramos la experiencia para ver tan sólo lo que necesitamos ver y para saber únicamente lo que precisamos saber.



P.D.: Quizá si pruebas a cambiar el esquema de percepción puedas encontrar soluciones más creativas a los que tú percibes como problemas.