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martes, 25 de febrero de 2014

Pedro y el lobo: La fábula de Operación Palace

Supongo que recuerdas la fábula: Pedro, un pastor apreciado en su pueblo, engaña repetidas veces a sus vecinos haciéndoles salir al monte al grito de que viene el lobo. Todas las veces que la gente del pueblo se echa a las montañas a matar al supuesto lobo Pedro se mofa de ellos hasta el desternille. Hasta que un día finalmente, llega el lobo. Llega de verdad, y Pedro corre a pedir ayuda al pueblo. Ese día, los escamados parroquianos ni corren ni atienden a la llamada de Pedro que pierde a todas sus ovejas.

Para los que creíamos haberlo visto casi todo en TV el documental-show-fábula (también los llaman mockumentary) de este fin de semana ha sobrepasado nuestras pésimas expectativas. Operación Palace de Jordi Évole, emitido en un franja informativa y con un periodista a la cabeza se ha convertido en lo más comentado en la redes sociales. Si ese era el objetivo: ¡chapeu! Pero leo por ahí que el objetivo era convertir ese programa en un experimento para hacer pensar y recapacitar a la audiencia. Y ahí es donde yo como psicóloga, comunicadora y sobre todo como audiencia me enfado.

Los experimentos sociales están muy bien para demostrar el poder de los medios y la pasividad e ingenuidad de las audiencias. Todo esto ya los sabemos de manera que no aporta nada nuevo. El poder de influencia de la autoridad (en este caso un periodista es autoridad informativa) también es por todos conocido. Déjame que te lo explique ahora con otra historia: Imagina que son las tres de la tarde de un caluroso día de agosto y se me ocurre despertar a mi hija Claudia de la siesta, y de paso, testar su grado de ingenuidad. – “Cariño, levanta, ponte un abrigo, vamos a la calle,¡¡está nevando!!” ¿Alguien duda que la niña se levantará, se pondrá un abrigo y me seguirá para ver nevar? Si mi conclusión es que esta niña mía es ingenua sólo demostraré que la ingenua soy yo. Mi hija cree que nieva en agosto porque se lo dice su madre que es lo más sagrado y fiable que ella conoce (andan cerca algunas aplicaciones del ipad). Lo mejor será cuando, ya en la calle y bajo un sol abrasador, le diga, -“pero serás tonta, y te lo has creído” y añado asumiendo mi papel de madre y educadora –“no debes creer todo lo que te digan”. Preveo la reacción:  mi hija rompería a llorar, y no porque no hubiese nieve con la que jugar, sino porque su madre, la persona que debe educarla, informarla y descubrirla la verdad del mundo le ha mentido. Claro que no cree lo que le dice todo el mundo. No es tonta. Pero a su madre...., qué tipo de niña sería si no creyera en su madre. Y, sí, también se habrá roto en mil pedazos una cosa muy frágil que difícilmente puede volver a pegarse: la confianza.

Nuestro periodista en cuestión debería estar orgulloso porque una gran parte de la audiencia le creímos (confieso que me debatía a ratos entre el sí y el no, pero cuando vi la cara de Garci en uno de los fotogramas, por supuesto trucados, me convencí) eso es un síntoma de que era un periodista con una gran credibilidad. Algo que nos debe Évole en estos momentos son los nombres de las personas que se negaron a participar en el esperpento. Por último, permíteme que yo también extraiga una moraleja retorcida de este “experimento”: los políticos (Leguina, Vestringe, Anasagasti) y los periodistas (Ónega, Gabilondo, Ansón) eran reales pero había varios actores con cargos y nombres falsos; dos espías, uno del Cesid y otro de la CIA, y un militar español. ¿Quizá las únicas personas de fiar? Mis disculpas por la osadía, ¿pero esto no era para poner en cuestión las conspiraciones del 23-F? me estoy empezando a embuclar. Toca retiro de tele una temporada.

sábado, 16 de febrero de 2013

¿Crees en ti?

No hace mucho tuve uno de esos días en los que sólo recibes malas noticias. Esos días en los que a duras penas uno puede mantener la fe en el ser humano. Como desahogo, y lo hago mucho porque me funciona, escribí un tuit a modo de grito de ayuda: “Quiero creer. En algo. No tengo muchas preferencias, es una necesidad indeterminada y difusa. En lo que sea”.

Alguien encontró el mensaje de la botella y respondió. Una persona que fue alumna mía. Alguien brillante, no por ser alumna mía sino a pesar de haberlo sido: “Qué tal si crees en ti?”

La frase, como todas las frases que uno lee en el momento en el que las necesita, me removió y me hizo pensar en dos cosas:

Primero, que se nos olvida mirar dentro de nosotros para buscar soluciones que están normalmente delante de nuestras narices. Segundo, que es el alumno el que da siempre la mejor lección.

Hoy no quiero contarte muchas cosas. Si tienes siete minutos mira este vídeo, está todo lo que necesitas saber.


P.D.: En al vida puedes permitirte algunas debilidades menos la de ser cobarde.

sábado, 22 de septiembre de 2012

Si tú me dices ven lo dejo todo...pero dime ven

El título del libro de Albert Espinosa podría resultar divertido sino fuese porque esconde un gran drama: nuestra incapacidad para expresar los sentimientos.

Hemos aprendido a acallarlos, sobre todo los hombres. Es curioso cómo de pequeños nos enseñan que los chicos no lloran y, claro, de mayores cuando están tristes los hombres muestran enfado. Por el contario, a las niñas nos enseñan que no debemos mostrarnos agresivas y, cuando crecemos y estamos enfadadas, solemos romper a llorar. Hemos sido condicionados a creer que exteriorizar nuestro sentir es signo de vulnerabilidad y, sin embargo, y paradójicamente, cuando alguien lo hace ante nosotros, vemos un rasgo de valentía, porque los valientes no se esconden tras una artificiosa armadura de invulnerabilidad. No tienen vergüenza de manifestar que también ellos son humanos y que se puede ser extraordinario sin necesidad de ser infalible.

Las emociones que más vergüenza nos da expresar son el miedo y la tristeza, y, cuando no se expresan se convierten en resentimiento, que es el origen de gran parte de nuestra ira. Cuántas veces has sentido que un amigo a quien quieres se muestra irascible contigo, enfadado sin causa aparente. Ante eso tienes dos opciones: enfadarte también con él y romper vuestra amistad o arañar un poco más hasta que descubras qué hay detrás de esa emoción. Puede que esté decepcionado contigo por algo que has hecho y no se permite mostrar tristeza o simplemente teme le dejes de querer. Entonces debes ponerte las <<orejas>> especiales para escuchar la tristeza y el miedo y no dejarte distraer por la expresión de la ira. Cuando uno está dolido y necesita expresar su sentir, antes de exponer su tristeza y su miedo manda una especie de globo sonda para ver si aquel territorio es seguro. Si ante la manifestación de la ira reaccionamos enfadándonos también nosotros, entonces nuestra escucha no invitará a que salgan las verdaderas emociones ocultas, la tristeza y el miedo. Tras la expresión de la tristeza y el miedo viene la aceptación, y tras ella surge la alegría. Es en ese momento cuando el puente entre ambos mundos ha sido construido. A partir de entonces la relación cogerá una nueva dinámica y abrirá posibilidades insólitas y conectará en un tiempo breve lo que pudo haber permanecido durante años separado.

En esas conversaciones difíciles, no pongas el peso en argumentar sino en preguntar. Cuando uno pregunta y escucha, la otra persona se siente valorada, se siente respetada y puede empezar a confiar. Sólo hay dos condiciones imprescindibles en una amistad: el respeto y la confianza. Cuando confiamos en alguien, sabemos que podemos hablarle de cualquier cosa, porque nos valora y nos quiere por quienes somos y no por quienes aparentamos ser. Cuando uno se siente querido de esa manera, surge lo mejor que tenemos en nuestro interior.




P.D.: El otro día una buena amiga ponía en Twitter una frase sufí: “el miedo llamó a la puerta, abrió la confianza y cuando abrió ya no había nadie”

sábado, 2 de junio de 2012

Desesperanza

No hace falta ser psicólogo para darse cuenta que uno de los rasgos más característicos del ser humano es la facilidad para rendirse, para desesperanzarse cuando las cosas no salen, de perder la confianza en sí mismo y pensar que las malas situaciones se repetirán una y otra vez.

Richard G.M. Morris, profesor de Neurociencia de la Universidad de Edimburgo, interesado en la memoria de los roedores, llevó a cabo en su laboratorio un experimento que constaba de dos pruebas consecutivas. Previamente había escogido al azar dos docenas de conejillos de Indias o cobayas. En la primera prueba introdujo la mitad en un estanque de agua enturbiada con un poco de leche, para que no vieran unos cuantos montículos que había colocado en el fondo. Éstos eran los cobayas “con suerte”, porque mientras braceaban para flotar se podían apoyar y descansar temporalmente en los promontorios ocultos antes de proseguir su marcha en busca de una salida. A la otra docena de cobayas los metió en un estanque de aspecto similar pero sin montículos. Estos conejillos “desafortunados” no tenían más remedio que nadar sin descanso para no ahogarse. Después de un buen rato, Morris sacó a todos los exhaustos animalitos del agua para que se recuperaran.

A continuación el investigador echó a los veinticuatro cobayas a un estanque de agua, también enturbiada con leche, sin isletas donde descansar. Mientras los cobayas del grupo “con suerte” nadaban a un ritmo tranquilo, el grupo de cobayas “desafortunados” chapoteaba desesperadamente sin rumbo. Justo en el momento en que las puntiagudas narices de los agotados conejillos de Indias desaparecían bajo el agua, Morris los rescató de uno en uno y, después de apuntar el tiempo que habían nadado, los devolvió a sus jaulas extenuados y probablemente sorprendidos de estar vivos.

Cuando Morris calculó los minutos que los cobayas se habían mantenido a flote, descubrió que los del grupo “con suerte” habían nadado más del doble de tiempo que los “desafortunados”. Su conclusión fue que los conejillos “con suerte” nadaron más tranquilos y durante más tiempo porque recordaban las invisibles isletas salvadoras de la primera prueba, lo que les motivaba a buscarlas con la “esperanza” de encontrarlas. Por el contrario, los cobayas que durante la primera prueba no habían encontrado apoyo alguno, tenían menos motivación para nadar y hasta para sobrevivir.

Mientras tanto, en un laboratorio de la Universidad de Pensilvania, el profesor Martin Seligman estudiaba con un método parecido el comportamiento de perros que habían sido expuestos a diversas situaciones estresantes. En el experimento más conocido, Seligman formó dos grupos de canes elegidos al azar. Acto seguido, metió a un grupo en una jaula de metal en las que los animales recibían molestas descargas eléctricas cada poco segundos. Estos pobres perros, hiciesen lo que hiciesen, no podían escapar. Al otro grupo lo introdujo en una caja metálica igualmente electrificada pero de la que los canes escapaban empujando con el morro un panel que tenían enfrente. En un segundo experimento, puso a todos los perros juntos en una jaula electrificada de la que podían salir saltando una pequeña pared. Mientras que el grupo de canes que en la primera prueba había logrado controlar los calambres se liberaba en pocos segundos, los perros que en la primera prueba fueron incapaces de escapar de los molestos choques eléctricos permanecieron inertes y no hacían esfuerzo alguno por huir de la tortura.
Seligman calificó de indefensión la reacción de estos perros pasivos sufridores, y pensó que los animales habían aprendido en el primer experimento a sentirse indefensos y, como consecuencia, en situaciones posteriores de adversidad no consideraban la posibilidad de controlar su suerte. En cierta manera, se habían convertido en perros desesperanzados, recordaban lo ocurrido en la primera prueba y daban por hecho que sus respuestas no servirían para nada, por lo que ¿para qué intentarlo? Seligman también observó que estos canes “pesimistas” con el tiempo sufrían más enfermedades físicas y morían antes que los perros que no habían experimentado la situación de indefensión.




P.D.: Hace unos días repliqué este experimento con mis alumnos en un taller de inteligencia emocional. Funcionó justo en este sentido: los alumnos con la tarea imposible confesaron sentirse estúpidos y tuvieron un peor rendimiento que sus compañeros afortunados incluso en la última prueba que sí era posible. Déjame ser frívola pero me temo que es más fácil quitarle a una persona su confianza que la cartera.

sábado, 3 de marzo de 2012

Fe ciega

Uno de los descubrimientos más asombrosos de la neurociencia en los últimos años es la constatación de que nuestra mente puede curar o enfermar nuestro cuerpo. Seguro que has oído hablar del efecto placebo, que no es más que el efecto que se produce cuando un enfermo mejora, o incluso se cura, después de ingerir una sustancia inocua o de ser sometido a una intervención sin ningún valor terapéutico.

Además, cuando la expectativa positiva del enfermo se complementa con la comunicación implícita de confianza por parte del médico, la posibilidad de que el paciente responda al tratamiento aumenta considerablemente. Esto se puso de manifiesto en un interesante experimento llevado a cabo por Richard Gracely. Este investigador seleccionó sesenta pacientes voluntarios a quienes se les iba a extraer una muela del juicio, y les advirtió de que para calmar después de la extracción unos recibirían al azar un placebo y otros un calmante. Los dentistas, sin embargo, fueron informados de que a los primeros treinta pacientes debían recetarles un calmante y a los otros treinta un placebo, aunque no deberían revelarlo. En realidad, sin que los dentistas ni los pacientes lo supieran, los sesenta pacientes recibieron placebo. Al final del experimento, los primeros treinta pacientes, a quienes los dentistas pensaban que habían recetado un analgésico, se sintieron mucho más aliviados del dolor que los otros treinta pacientes a quienes los doctores pensaban que habían dispensado un placebo. Cuando los médicos están convencidos de que sus técnicas son eficaces y comunican esperanza a los pacientes, se unen las expectativas positivas del médico y del paciente y aumentan las posibilidades de mejoría incluso en respuesta a una sustancia inerte. Así, parece que el truco no está sólo en generar expectativas positivas acerca de nuestra vida, sino en rodearnos de gente que crea en nosotros y nos lo haga saber.

Pero lo interesante del efecto placebo es que también funciona en sentido contrario, hay un efecto nocebo. Las creencias negativas pueden hacerte daño e incluso pueden matarte. Aparece en sujetos que están sugestionados y creen que algo que es objetivamente inocuo, o incluso beneficioso, les producirá efectos adversos. Un buen ejemplo lo encontramos en el experimento que realizó hace algunos años un equipo de médicos noruegos para comprobar si el teléfono móvil aumentaba el dolor de cabeza. Para sorpresa de los investigadores, algunos de los participantes se quejaban de cefalea tras tener los móviles cerca sin saber que estaban usando solamente una carcasa vacía.

 
Llevado al extremo, el efecto nocebo puede provocar la muerte. Los antropólogos sospechan que eso es lo que les ocurre a los afectados por la “muerte vudú”, que fallecen súbitamente tras ser amenazados por los hechiceros o las brujas de la tribu. Aunque a mi me gusta más otra explicación. Cuando el chamán lanza una maldición sobre alguien delante de todo el pueblo y los demás piensan: “La maldición vudú funciona, así que esta persona tiene los días contados,  no desperdiciemos en ella agua y comida”. Al verse privada de alimento y de agua, muere de hambre: y ahí lo tienes, otra maldición vudú cumplida.
En el fondo, todo es una cuestión de confianza. Puede que hasta ahora no se haya metido a la confianza bajo la lupa de un microscopio pero, cada vez, hay más pruebas de los efectos positivos de esta actitud. No solo en medicina. En cualquier otro campo, como, por ejemplo, la educación. Los expertos aseguran que  la confianza en los profesores es uno de los hechos clave que han convertido al sistema educativo finlandés en el mejor del mundo.
Parece que el poder de tus creencias tanto positivas como negativas es muy fuerte. La función de tu mente es crear coherencia entre lo que crees y la realidad que percibes. Por lo tanto si tienes en tu mente la creencia de que no puedes hacer algo la mente intentará crear coherencia haciendo que verdaderamente no puedas hacerlo. Es interesante lo que decía Henry Ford: “Tanto si crees que puedes como si crees que no puedes tienes razón”.


P.D.: El mejor remedio es siempre el optimismo: da un simple paso con confianza y las cosas empezarán a suceder.