sábado, 30 de marzo de 2013

Infiel

Difícil imaginar lo que da de sí una clase de psicología. En la última, empezamos hablando de actitudes y acabamos hablando de las causas del fracaso en la parejas. Cuando me di cuenta me había comprometido a escribir un post dedicado a la infidelidad.

Ahí va la obviedad: habida cuenta de los índices de divorcio actuales en el mundo desarrollado, el matrimonio monógamo de larga duración ha dejado de ser la regla para convertirse en la excepción. Pero maticemos: en un extremo, los franceses parecen menos maniáticos que la mayoría cuando se tratan estos asuntos. En el funeral del presidente François Mitterrand, su esposa y su querida se consolaban mutuamente mientras las cámaras de televisión retransmitían el evento a todo el planeta. En cambio, los estadounidenses todavía padecen una resaca puritana, además de la doble moral de alimentar la mayor industria pornográfica del mundo

La antropóloga Margaret Mead destaca en sus escritos que la monogamia es una de las disposiciones maritales humanas más difíciles de mantener, así como una de las más infrecuentes. Considera que evolutivamente la monogamia va en contra de la naturaleza animal y humana. Este concepto implica exclusividad en el apareamiento y, según Mead, no es la tendencia biológica del ser humano ni de los animales, excepto en casos como los monos titís, algunas especies de aves, focas y roedores, los murciélagos y la nutria gigante de Sudamérica. La antropóloga señala que los animales machos tienden más a la poligamia que las hembras a la poliandria. Pese a ello sostiene que, en general, tanto los machos como las hembras suelen aparearse con distintas parejas a lo largo de sus vidas.

Por su parte, David Buss, de la Universidad de Michigan y Robert Wright, autor del libro The Moral Animal mantienen que la infidelidad está inscrita genéticamente en nuestro código instintivo, o sea, la naturaleza nos dotó de un gen de la infidelidad, como una garantía de supervivencia para los humanos. Así el varón busca tener el mayor número posible de relaciones con el mayor número posible de mujeres, como una forma de garantizar que tendrá el mayor número de hijos. Las mujeres tendrían, además del instinto de tener hijos, el de buscar los códigos genéticos del varón más fuerte, inteligente y valeroso posible, en otras palabras, el mejor varón que pueda conseguir. De acuerdo a estos teóricos la pareja para toda la vida es una utopía. Estamos preparados para relaciones estables, monógamas, pero de una duración limitada, para luego cerrar ese vínculo y más adelante iniciar otro. Para la psicología evolucionista los seres humanos tendemos a lo que se llama “monogamia en serie”, pero no a la exclusividad sexual.

A pesar de que las relaciones extramatrimoniales se condenan y la fidelidad es un valor básico y fundamental en el matrimonio, en el 72% de las 56 sociedades más importantes la transgresión del pacto de fidelidad sexual es frecuente. Pero, ¿por qué somos infieles? Los motivos por los cuales varones y mujeres son infieles son diferentes: en los varones la necesidad de reafirmar su autoestima y machismo, la búsqueda de variedad sexual, la “cortesía masculina” que impide dejar pasar una oportunidad que está servida, la insatisfacción sexual en la pareja y en el caso de padecer un problema sexual testearse para comprobar si afuera también les pasa, son las causas más comunes. En las mujeres, la insatisfacción afectiva y los problemas de comunicación en la pareja, la sensación de no sentirse importantes y especiales para su compañero y una sexualidad muy mecánica y poco creativa son factores desencadenantes de la infidelidad. 

Dicho lo cual, y antes de demonizar la cuestión, hay que tener en cuenta el hecho de que muchas parejas tras una infidelidad han crecido y evolucionado básicamente porque supieron transformar una crisis en una oportunidad de progreso. Imagino lo que estás pensando, por supuesto que esto implica mucha madurez, diálogo y entendimiento. Pero es importante dejar claro que una infidelidad no siempre es negativa, lo que es negativo y destructivo es la manera en que habitualmente se maneja la situación. Debemos estar concientes de que, para que se rompa una relación, no es necesaria la existencia de un amante, sino que es suficiente con perder cosas tan valiosas como el placer de estar juntos, el calor emotivo, la intensidad, la satisfacción sexual o la comunicación.


P.D.: El hombre es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre, una cuerda sobre un abismo (Nietzsche).

domingo, 10 de marzo de 2013

¿Te gusta cotillear?

¿Te has preguntado alguna vez por qué te gusta tanto cotillear? Sí, claro que chismorreas, todos los hacemos. Los humanos pasamos dos terceras partes de nuestras vidas de cotilleo, es decir, que cotilleamos más que dormimos o comemos… Y ¿por qué lo hacemos? En este caso una imagen vale más que mil palabras: piensa en cómo los demás primates se sacan las pulgas. Tal vez lo hagan porque no tienen tanta facilidad como nosotros para hablar. Robin Dunbar, psicólogo de la Universidad de Oxford, tiene claro que los humanos cotilleamos porque tenemos grupos sociales más amplios que los de los demás primates, así que hemos tenido que desarrollar un método eficaz para estar en contacto con el resto del mundo. Y nuestra alternativa humana es el habla. El chismorreo no es más que un espulgarse colectivo.

Los humanos utilizamos el habla, y más concretamente el cotilleo, como una forma rápida de diseminar y de recibir información a lo largo y ancho del mundo. Por ello, instrumentos como Twitter o Facebook, que son una forma de cotilleo planetario, responden perfectamente a nuestra necesidad de estar conectados e informados.

¿Por qué nos importa tanto enterarnos de lo que saben y lo que piensan los demás? Pues básicamente por nuestro instinto gregario. Lo tenemos programado en los genes. Creemos que necesitamos a los demás para que nos protejan, para que nos quieran, para enterarnos de los peligros y de las oportunidades que hay, y en este sentido el cotilleo nos ayuda a sentirnos aceptados e informados. ¡De la información depende tal vez tu supervivencia! De hecho, cuando en los grupos humanos como las oficinas queremos excluir a alguien, ¿qué hacemos? excluimos a esa persona del cotilleo. Es muy doloroso ser excluido, porque cuando nos sentimos aislados y rechazados se nos encienden todas las alarmas, ya no sabemos dónde acecha el peligro o qué oportunidad nos vamos a perder… Es de lo más cruel que se le puede hacer a alguien.

Así que el cotilleo tiene una parte oscura. Es muy poderoso. Puedes utilizar el cotilleo para sentir que perteneces y para forjar alianzas estratégicas. Tú me das información y yo te doy más información a cambio: ¿Quién es la amante del jefe? ¿Qué acciones van a subir en bolsa? ¿Qué tienda vende los tomates más baratos? A través del cotilleo puedes intercambiar información útil, pero también puedes utilizar información o inventarla para machacar la reputación de alguien, tal vez alguien que es un rival o al que detestas por pura envidia.  

Afortunadamente a los humanos nos pasa algo curioso cuando hablamos mal de los demás: cuando eres un cotilla negativo, alguien que utiliza la información para hacer daño, el asunto se te puede volver en contra. A Carnegie le gustaba recordar que si hablamos mal de los demás la gente puede acabar fácilmente achacándonos los defectos que reprochamos a otros. Una segunda buena razón para evitar decir cosas negativas de los demás es que se ha comprobado que las personas que cotillean para hacer daño suelen tener altos niveles de ansiedad y no son populares porque no son de fiar.

Me gusta la conclusión de Punset: soportar a los demás nos hace más inteligentes. La vorágine social del chismorreo mantiene a la gente en un estado de ansiedad y alerta muy superior al que exigiría el simple ánimo de sobrevivir y reproducirse. La ostentación, tanto como su inversa –que no se note demasiado-, obligan a ejercicios mentales cada vez más complicados para intuir lo que piensan los demás. La vertiente positiva de este estado de ánimo es un aprendizaje constante de los avatares del dominio social y el desarrollo de la inteligencia.



P.D.: La ansiedad y la necesidad de pertenencia que todos llevamos dentro, además de con el cotilleo, podemos calmarla a través de la amabilidad y el cariño.

sábado, 23 de febrero de 2013

Bésame tonto

¿Recuerdas tu primer beso? Los expertos dicen que para la mayoría de nosotros es algo inolvidable, incluso más que la primera relación sexual. Casi todos somos capaces de recordar hasta el 90 por ciento de los detalles de nuestro primer beso, da igual que ocurriese hace cincuenta años o hace unos meses.

Ya sé que sabes que besar es todo un arte, pero, te cuento, también tiene su propia ciencia. Se llama filematología, y las últimas investigaciones en esta disciplina revelan que intercambiar saliva nos ayuda a escoger la pareja más adecuada.

Según explicaba la neurocientífica Wendy Hill durante una reciente reunión de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (AAAS), las sustancias químicas que contiene la saliva nos ayudan a evaluar a una posible pareja para decidir si es la más idónea. En los humanos, el beso es fundamentalmente una cuestión química, según la antropóloga Helen Fisher. La saliva masculina tiene testosterona y los hombres prefieren los besos húmedos porque inconscientemente intentan transferir testosterona para provocar el apetito sexual en las mujeres. Además, este tipo de besos podría ayudarles a medir los niveles de estrógenos femeninos de su pareja, para hacerse una idea de su grado de fertilidad. En cuanto a las mujeres, el beso les sirve para detectar el estado del sistema inmune de su posible pareja y saber cuánto se cuida.
Pero vamos a lo práctico: cada beso que se da consume 12 calorías. Quizás sea porque para emplearnos en ello, debemos mover hasta 36 músculos, o bien porque las pulsaciones del corazón aumentan de 60 a 100 latidos cada vez que unos labios se unen a otros. Un beso que funciona actúa como una droga porque estimula un cóctel de hormonas y neurotransmisores. Sube lo que llaman la hormona del amor, la oxitocina, que crea vínculos a medio y largo plazo. También suele subir la dopamina, sobre todo en los primeros besos de una relación, y se fomenta el deseo, ese sentimiento de que no puedes esperar a estar con alguien cuando te enamoras. La serotonina, el neurotransmisor que tiene que ver con los sentimientos obsesivos-compulsivos —te cuesta comer, dormir…— también aumenta.

Un beso fracasado, en cambio, te leva a un pequeño caos químico que estimula la hormona del estrés, el cortisol, y pone freno a la relación. De hecho, el psicólogo Gordon Galup, de la Universidad de Albany (Estados Unidos), calcula que más de la mitad de las personas terminan con una pareja porque el primer beso no funcionó.

Y, ahora, supongo que te preguntas por qué te gusta tanto besar. Pues parece ser que los labios son una de las áreas más pobladas de neuronas sensoriales de todo el cuerpo. Son cien veces más sensitivos que las yemas de los dedos… Ni siquiera los genitales son tan sensitivos como los labios humanos. Cuando besas, estas neuronas, junto a las que hay en la lengua y la boca, envían mensajes potentes al cerebro, que responde con emociones intensas, sensaciones agradables y reacciones físicas. Además, en un beso hay un intercambio muy importante de información — olfativa, táctil y postural— que ayuda al otro (o la otra) a acceder a muchos datos sobre ti y sobre vuestra compatibilidad, tal vez incluso genética.

Y, sigo suponiendo, ahora te preguntarás cómo debes besar. Dicen los estudios que cuanto más entusiasta es el beso, más potencial ofrece la relación; ésta es una percepción que tienen sobre todo las mujeres. Así que si alguien te importa, bésalo con ganas. En cualquier caso, científicos, sexólogos y demás estudiosos de la materia aconsejan que deberíamos besar únicamente cuando tenemos ganas y nunca con una actitud de hastío, rechazo o indiferencia, ya que los efectos emocionales negativos podrían ser muy perjudiciales.



P.D.: Según la Universidad de Bochum en Alemania, el 10% de la población mundial, unos 650 millones de personas, no se besa nunca, como en algunas tribus de Finlandia, en algunas regiones de China o en Mongolia, donde los padres no besan a sus hijos sino que les huelen la cabeza y los maoríes siguen mordiéndose en la cara en vez de besarse.

sábado, 16 de febrero de 2013

¿Crees en ti?

No hace mucho tuve uno de esos días en los que sólo recibes malas noticias. Esos días en los que a duras penas uno puede mantener la fe en el ser humano. Como desahogo, y lo hago mucho porque me funciona, escribí un tuit a modo de grito de ayuda: “Quiero creer. En algo. No tengo muchas preferencias, es una necesidad indeterminada y difusa. En lo que sea”.

Alguien encontró el mensaje de la botella y respondió. Una persona que fue alumna mía. Alguien brillante, no por ser alumna mía sino a pesar de haberlo sido: “Qué tal si crees en ti?”

La frase, como todas las frases que uno lee en el momento en el que las necesita, me removió y me hizo pensar en dos cosas:

Primero, que se nos olvida mirar dentro de nosotros para buscar soluciones que están normalmente delante de nuestras narices. Segundo, que es el alumno el que da siempre la mejor lección.

Hoy no quiero contarte muchas cosas. Si tienes siete minutos mira este vídeo, está todo lo que necesitas saber.


P.D.: En al vida puedes permitirte algunas debilidades menos la de ser cobarde.

sábado, 2 de febrero de 2013

El cáncer del alma

Tengo que empezar con Freud. Ya sé que está de moda criticar a Freud, y supongo que en parte se lo merece, pero pocos científicos me vienen a la memoria que, ochenta años después de haber realizado sus principales contribuciones teóricas, sigan siendo considerados lo suficientemente acertados e importantes como para que cualquiera se tome la molestia de señalar sus errores en vez de relegarlos a los archivos de las bibliotecas.

De la escuela freudiana de pensamiento procede una de las más acertadas descripciones de la depresión. La depresión como agresión vuelta hacia dentro. De repente cobran sentido la pérdida de placer, el retraso psicomotor, los impulsos suicidas, el nivel elevado de las hormonas del estrés y el aumento de la tasa metabólica, características que no son aplicables a quien carece de energía para actuar, sino al estado de un enfermo de depresión, exhausto a causa del conflicto emocional más agotador de su vida, conflicto que se produce exclusivamente en su interior.

<<Estoy triste y no sé por qué. Llevo triste y con los ánimos por los suelos desde hace tres meses y por mucho esfuerzo que haga no logro sentir alegría ni ganas de vivir. No me ha pasado nada que me haya llevado a sentirme así, tan apagada. Me cuesta hacer cualquier cosa, lloro sin razón, no tengo energía y me siento culpable de no poder atender a mi familia y a mis amigos. Sólo quiero estar en casa, tumbada y dormir. No puedo ir a trabajar ni cumplir con mis obligaciones cotidianas. Ya no me divierte nada. No le encuentro sentido a la vida>>.

Esta bestia, sin escrúpulos ni compasión, con sus colmillos afilados, tienen el poder de paralizar y anular la pura esencia vital del individuo. Tiene la capacidad de robar hasta la última gota de esperanza y de llevar a la persona hasta el pozo más profundo y oscuro, donde el aire es imperceptible, donde la humedad atraviesa el cuerpo como una flecha y donde las ganas de vivir desaparecen. La depresión puede aislarte de todo aquello que amas y disfrutas, de los pequeños y grandes placeres, de la alegría y el sosiego. Es un agujero negro que arranca la energía de cualquier persona que la padece para esconderla en un lugar lejano, oscuro y estrecho.

A pesar de eso hay grandes obras de arte que han surgido de mentes atrapadas en el infierno. Van Gogh es un ejemplo; Dante, otro. Además, muchas personas que admiran y aprecian tales obras agradecen que sus propios infiernos no sean tan malos comparados con los de esos artistas.

La depresión puede ser básicamente de dos tipos: exógena o reactiva y endógena. Sufrimos una depresión exógena o reactiva cuando, por ejemplo, perdemos un ser querido; la reacción a nuestra pérdida es una profunda sensación de tristeza y vacío. En este caso existe una causa psicológica externa que produce la depresión. Por otro lado, cuando no existe una razón clara por la que nos sentimos profundamente tristes y melancólicos y se debe a una descompensación química en el cerebro, se considera una depresión endógena.

En la depresión exógena la manera en la que percibas las situaciones dará lugar a una actitud optimista o pesimista ante las mismas cosas. Cuando te veas a ti mismo metido en un túnel sin salida, es importante tener presente que esta circunstancia no la causa la falta de recursos importantes, como la inteligencia, la memoria o la imaginación. El causante de esta situación lo encontramos en lo que se denomina un estado mental limitante. Para entender esto con mayor facilidad vamos a utilizar una analogía. Visualicemos a uno de los mejores jugadores de baloncesto que haya en el mundo. Sus habilidades le permiten encestar sin dificultad. Imaginemos que a es mismo jugador lo introducimos en una gran caja transparente y cerrada. ¿Verdad que por bueno que sea mientras no salga de su caja no podrá encestar? Esa caja representa un estado mental limitante que restringe toda su movilidad y puede anular por completo todo su talento. El jugador de baloncesto no es limitado, sino que hay una estructura que lo limita. Esta es una distinción fundamental que necesitamos hacer.

En esos momentos en los que nuestra capacidad de razonar y de reflexionar se encuentra limitada, la salida del túnel a veces no pasa por pensar, sino por actuar, por no quedarnos inmovilizados. Demos un paso adelante, aunque sea muy pequeño, hagamos algo, una llamada, tomemos una pequeña decisión aunque no sea perfecta. Es importante moverse, hacer algo, dar un paso adelante. Un movimiento sencillo lleva un mensaje de gran impacto a nuestro cerebro: ¡YO PUEDO¡

sábado, 19 de enero de 2013

Hannibal

Locuacidad y encanto superficial, necesidad de estimulación y tendencia al aburrimiento, impulsividad, insensibilidad afectiva y ausencia de empatía... ¿Quién no conoce a alguien que reúna alguna de estas facetas? Cuidado: sólo se considera psicópatas a los que presentan muchas de ellas y en un grado elevado.

Según el Manual de Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales (DSM-IV), los criterios de la personalidad sociópata o psicópata se caracterizan por seguir un patrón de conducta despectiva hacia los derechos ajenos. Son personas que tienen una gran dificultad para adaptarse a las normas sociales. Son deshonestas y estafadoras, así como impulsivas, irritables y agresivas. Muestran falta de remordimiento y despreocupación imprudente por su seguridad y la de los demás. Carecen de vínculos afectivos, y los que se manifiestan son simulados y no reales. Se relacionan siempre con el objetivo de satisfacer su propio placer. Utilizan a los demás para el logro de sus metas. Su mundo afectivo está dirigido por el utilitarismo y el pragmatismo. Manipulan con arrebatos de furia y violencia, que pueden ser breves o sin razón aparente. No obstante, una vez logrado su objetivo, el otro será desechado o eliminado.

Supongo que te vienen a la cabeza personajes conocidos de ficción como Hannibal Lecter, en la película El silencio de los corderos, o Catherine Tramell, en Instinto básico. Los identificas como personajes que representan al psicópata diabólico, manipulador e inteligente, que al final se sale con la suya y logra mediante juegos psicológicos engañar, manipular y escapar de la autoridad. Pero lo preocupante del asunto es que, como casi siempre, la realidad supera a la ficción. Estamos rodeados de psicópatas. No son ni delincuentes, ni asesinos en serie. Sin embargo, sí forman parte de nuestra vida cotidiana: nuestro vecino, nuestro jefe o incluso nuestra pareja. Son los psicópatas integrados. Pueden llegar a ser encantadores, aunque sólo es una fachada. En las relaciones de pareja se presentan como príncipes azules y prometen la luna. Hasta que emerge el maltratador -físico o psicológico- y el cuento termina en tragedia.

Según afirma Robert Hare, psicólogo de la Universidad British Columnbia de Canadá y creador del método de diagnóstico de psicopatía más usado (PCL-R), hay hombres y mujeres que ocupan puestos directivos en instituciones y empresas que utilizan el despotismo, las amenazas y el miedo para dirigir a sus empleados. Son serpientes vestidas de traje. No son asesinos, pero sí torturadores psicológicos, ya que tienen un coeficiente intelectual alto, buenas habilidades comunicativas y un puesto de poder desde donde ejercer su autoridad y, si lo encuentran oportuno, humillar y destruir emocionalmente a cualquiera que se interponga en su camino, pues se convertirá en su objetivo.

Por su parte, Kevin Dutton, un psicólogo de la Universidad de Oxford mantiene la tesis de que la psicopatía puede ser buena en su libro La sabiduría de los psicópatas: lo que santos, espías y asesinos en serie nos pueden enseñar acerca del éxito. Los psicópatas no tienen miedo, son crueles, capaces de centrarse o focalizarse de forma extraordinaria en lo que les interesa, y son fríos y capaces de tomar decisiones en situaciones de alta presión donde los demás se derrumban. También son muy buenos leyendo las expresiones faciales de la gente, lo que es lógicamente una ventaja enorme si quieres manipular a alguien. Tienen una habilidad mayor de lo normal para decir si alguien está mintiendo o es emocionalmente vulnerable. Dutton señala un trabajo donde se estudiaron tres grupos (hombres de negocios, pacientes psiquiátricos y criminales hospitalizados) y -de forma tal vez no tan sorprendente- los rasgos psicopáticos eran más frecuentes en los hombres de negocios: encanto, egocentrismo, persuasión, falta de empatía, focalización e independencia. La diferencia estaba en que en los criminales predominaban los aspectos más antisociales de la psicopatía: saltarse la ley, agresión física e impulsividad. Un hombre de negocios decía por ejemplo que la insensibilidad era buena: te permite dormir cuando los demás no pueden.

La cuestión es que estos psicópatas integrados son muy abundantes. No hay estudios al respecto, pero algunos expertos estiman que la psicopatía puede afectar al 1%-2% de la población. La manera de combatirlos es reconocerlos, de la misma manera que ocurre con la manipulación: la única forma de evitar que nos manipulen es siendo conscientes de que lo están intentando.

Para su libro Dutton entrevistó a algunos psicópatas. Ahí va el extracto de una de las entrevistas a un psicópata que estaba en la carcel. Como poco da para pensar un rato:

 “No dejes que te engañe tu cerebro, Kev, con todos esos exámenes que no te dejan ver la realidad. Solo hay una diferencia entre tú y yo: Yo lo quiero y voy a por ello, tú lo quieres y no vas a por ello”
 “Estás asustado Kev, tienes miedo. Tienes miedo de todo, lo veo en tus ojos. Miedo de las consecuencias. Miedo de que te cojan. Miedo de lo que pensarán. Miedo de lo que te harán cuando vengan a llamar a tu puerta. Tienes miedo de mí”
“Mírate. Tienes razón, tú estás fuera y yo estoy aquí dentro. Pero...¿quién es libre, Kev? Libre de verdad, quiero decir. ¿Tú o yo? Piensa en ello esta noche. ¿Dónde están los barrotes de verdad Kev? ¿Ahí afuera ?( señala la ventana). ¿O aquí dentro? (y se toca la sien)

sábado, 5 de enero de 2013

El amor y otras drogas

La antropóloga Helen Fisher y otros investigadores sostienen que el amor, el sexo y el romanticismo se pueden calificar como adictivos. Podemos llegar a ser físicamente adictos a determinadas sensaciones estimulantes y fantasías. Cualquier actividad que incluye afecto o amor y que produce cualquiera de estas sensaciones altera la química del cerebro produciendo endorfinas, esa sustancia responsable de eliminar el dolor y reducir la ansiedad produciendo sensaciones de plenitud y euforia.

En términos generales la adicción es un estado de dependencia psíquica y a veces física que altera la conducta, los pensamientos, las emociones y la estabilidad fisiológica de una persona. Cuando se es adicto a algo, el individuo tiene dificultad para reprimir el contacto con aquello de lo que es adicto.

Las personas pueden ser adictas tanto a sustantivas químicas elaboradas por la mano del hombre –como las drogas, el alcohol, el tabaco y los fármacos- como a situaciones que producen sensaciones corporales y psicológicas de manera natural –la comida, el deporte, el trabajo, ciertas relaciones personales, el sexo, las situaciones de riesgo, el juego, el dinero, el poder, las compras o las tecnologías como la televisión o Internet-.

Una relación adictiva es aquella en la que las personas a menudo tienen dificultad para poner límites, expresar los sentimientos y las necesidades, y se convierten en personas obsesivas y controladoras, lo que perjudica su propia estabilidad emocional y la de otros.

¿Cuándo se vuelve una relación adictiva? Está demostrado que el problema generalmente surge del miedo enfermizo a perder aquello que creemos que amamos de una forma exagerada y obsesiva. En una relación adictiva tendemos a proteger y mantenernos cerca de aquellos que queremos hasta un punto que se vuelve enfermizo lo que produce dolor, sufrimiento y miedo, y nos convierte en seres obsesivos, controladores y en ocasiones acosadores. Estar excesivamente pendiente de otra persona hasta ahogarla, ejercer demasiado control y manipular de forma continua los sentimientos del otro son síntomas claros de que existe una relación adictiva. Los especialistas consideran que estas relaciones pueden ser fruto de una baja autoestima o producto de experiencias dolorosas (abandono y rechazo) del pasado en el que hubo una pérdida de una persona importante y no se ha pasado el duelo correctamente. Algunas relaciones dependientes y adictivas –sin tener que llegar a extremos exagerados y enfermizos- se transforman en los llamados Síndromes de Wendy y de Peter Pan, en los que cada persona retroalimenta las necesidades del otro: uno necesita cuidados permanentes, mientras que el otro necesita ser el cuidador constante.

La adicción al amor produce intensos sentimientos de inseguridad y culpa al producir sensaciones que hacen pensar que uno es incapaz de controlar –de forma razonable- las emociones y el comportamiento. Estos sentimientos pueden suscitar pensamientos obsesivos, empujarnos a hacer llamadas de teléfono constantes o a brindar atenciones al otro de forma constante. Igualmente, la persona adicta a la pareja o a una determinada sensación se caracteriza por tener dificultad para dedicar tiempo a otras personas más allá de aquella de la que se es dependiente y adicta. Su necesidad se vuelve obsesiva y controladora. En esta situación surgen sentimientos de insatisfacción permanente, ya que se haga lo que se haga, nunca es suficiente.

Por suerte, el amor adictivo es sólo una posibilidad, existen tantas formas de amar como corazones.