sábado, 31 de agosto de 2013

¿Tú qué harías?

Imagina esta escena por un momento: Vas de viaje. Conduces un coche a través de la campiña. Llegas a un pueblo. Un niño se cruza en tu camino. ¿Qué haces? ¿Frenas?

Joshua Green, profesor de psicología de Harvard, quiso estudiar acerca de la ética y la moral relacionándolas con las neurociencias. Sus famosos dilemas morales con trenes (trolleys) sugieren que hay dos tipos de empatía: una fría y otra caliente.

En uno de los dilemas, un tren va a arrollar a cinco personas y tenemos la posibilidad de cambiar de vía al tren utilizando una aguja. La cuestión es que en la otra vía otra persona sería atropellada por el tren. Probablemente tú, como la mayoría de la gente, no tendrías problema en decidir utilizar la aguja y salvar a cinco personas condenando a una. Este mismo dilema tiene otro variante: es el mismo tren que va a arrollar a cinco personas pero ahora tú estás en un puente sobreelevado al lado de un señor gordo y si arrojas al señor a la vía puedes parar el tren. En este caso tú, como la mayoría de la gente, te negarás a hacerlo.

Para Greene el primer caso es un dilema impersonal, de empatía fría, e implica regiones del cerebro como la corteza prefrontal y el córtex parietal posterior (áreas vinculadas con la razón). Sin embargo, el segundo caso es un dilema personal, caliente, implica provocar la muerte con nuestra actuación de forma directa y en este caso la zona del cerebro implicada es la amígdala, centro emocional del cerebro.

La explicación evolucionista del diferente comportamiento de las personas en estas dos situaciones sería que durante la mayor parte de nuestra historia evolucionista los seres humanos hemos vivido en pequeños grupos donde nos conocíamos todos y donde la violencia sólo podía infligirse de una manera directa, personal (golpeando, estrangulando, empujando). Para tratar con estas situaciones hemos desarrollado unas respuestas emocionales aversivas inmediatas, de base emocional. El pensamiento de arrojar a una persona por el puente dispara esta respuesta emocional aversiva. Mover una aguja que desvía el tren no guarda semejanza con ninguna circunstancia en las que nosotros y nuestros ancestros hemos vivido en el pasado. Por ello, el pensamiento de activar la aguja no dispara la misma respuesta emocional que arrojar a una persona a las vías.

Este mecanismo explica los problemas para llevar a cabo el Holocausto que tuvieron los nazis. Cuando utilizaban métodos muy directos como disparar directamente a las personas los soldados vomitaban, sufrían crisis nerviosas, debían de ayudarse de alcohol y drogas, y muchos de ellos no podían llevar a cabo esas matanzas. Cuando el método utilizado fueron las cámaras de gas se facilitó enormemente la ejecución de esas atrocidades. Esto explica también que un soldado americano que no daría un sopapo a un niño sea capaz de disparar un misil desde un F-18 a cientos de kilómetros de la diana y provocar la muerte de 200 niños. 


Pero volvamos a la imagen inicial. Conduces un coche a través de la campiña. Llegas a un pueblo. Un niño se cruza en tu camino. Ahora lo sabes, ese niño será el responsable de la muerte de seis millones de judíos. Es Adolf Hitler y su madre grita desconsolada ante el inminente atropello. Y sí, probablemente, sí frenarías. A pesar de todo, lo harías.



lunes, 22 de julio de 2013

Mente llena o mente plena

Esa es la cuestión: no es lo mismo una mente llena de cosas que una mente plena de conciencia. La capacidad del cerebro adulto, dotado de una gran corteza cerebral para prever el futuro y recordar el pasado puede ser muy útil pero también es un arma de doble filo, porque nos hace presa de miedos y de deseos interminables. ¡Nos cuesta mucho no obsesionarnos con el futuro, con lo siguiente que toca hacer, o con recordar situaciones pasadas! Los niños son más capaces de vivir en el presente porque su propia estructura cerebral, todavía inmadura, se lo pone más fácil. Pero al cerebro adulto le cuesta hacerlo. Hay que entrenarlo un poco.

Y te preguntarás, ¿para qué tenemos que entrenarlo?, ¿no estamos mejor con la cabeza en otro sitio? Pues no. Seguramente te has dado cuenta de que las experiencias más placenteras son las que te absorben en cuerpo y mente, las que no están contaminadas por las preocupaciones o las lamentaciones: tocar un instrumento, conducir disfrutando de la carretera, charlar con alguien a quien aprecias… Pero lo cierto es que eso también es verdad de las rutinas diarias, como fregar los platos, lavarnos los dientes, pelar una manzana… Dos psicólogos de la Universidad de Harvard, Matt Kilingsworth y Dan Gilbert, han llegado a la conclusión de que casi la mitad de nuestros pensamientos no tienen nada que ver con lo que estamos haciendo. Y esto nos suele ocurrir incluso cuando hacemos actividades supuestamente divertidas, como mirar la tele o charlar con alguien. Demostraron, además, que somos más felices cuando nuestros pensamientos y nuestras acciones coinciden, aunque sólo sea para lavarnos los dientes. Se ha comprobado que te hace más feliz, por ejemplo, barrer el suelo pensando en lo que estás haciendo que barrer el suelo pensando en unas vacaciones de ensueño.

El budismo es sin duda el lugar de origen de la práctica de la atención plena. Sin embargo, los místicos cristianos como Santa Teresa de Ávila, destacaron la reflexión consciente como una forma de estar en comunión con Dios. El aspecto consciente de la atención tiene muchos nombres: zikr en el Islam, kavaná en el judaísmo y el samadhi en el budismo y el hinduismo.

Un método de entrenamiento es el llamado Mindfulness. El mindfulness es un fin en sí mismo. Es atención, conciencia y reflexión de carácter no valorativo. Es una experiencia meramente contemplativa, se trata de observar sin valorar, aceptando la experiencia tal y como se da. Es una observación abierta e ingenua, ausente de crítica y valencia. Se diría que es una forma de estar en el mundo sin prejuicios: abierto a la experiencia sensorial, atento a ella y sin valorar o rechazar de forma activa y taxativa dicha experiencia.

El mindfulness es como un tipo de meditación inserta en la cultura oriental y en el budismo en particular (Gremer, 2005), el ideal Zen de vivir el momento presente. Desde un punto de vista psicológico también se ha venido a considerar como un constructo de personalidad. No es sólo prestar atención, además tiene que ver con mostrar una actitud abierta y curiosa hacia lo que pasa. Sin juzgar ni valorar. Quizá este vídeo te ayude a entenderlo mejor.



P.D.: El futuro nos tortura y el pasado nos encadena. He ahí porque se nos escapa el presente. Gustave Flaubert

domingo, 30 de junio de 2013

Peligro de contagio

Las emociones se contagian. Sí, se contagian mucho más rápido que cualquier virus. Tanto la positivas como las negativas. Aunque las más intensas como el desprecio, la ira o la tristeza, se contagian aún más rápidamente porque son las  emociones que el cerebro cree que más pueden ayudarnos a sobrevivir.

Estamos programados para contagiarnos emociones por dos motivos: para aprender y para sobrevivir. Por un lado, imitar a los demás nos ayuda a aprender de ellos. Por otro, las emociones de los demás pueden salvarnos la vida. Si un animal salvaje se acerca a un poblado la primera persona que lo vea saldrá a correr con cara de susto y los demás le seguirán sin pensar. Como no queremos estar fuera del grupo, imitamos a los demás de forma consciente e inconsciente: copiamos gestos, risas, toses, acentos, seguimos modas en la forma de vestir o de hablar… Aunque sea una programación antigua diseñada para ayudarnos a sobrevivir, no ha cambiado porque todavía funcionamos con muchos instintos ancestrales. De hecho, los estudios más recientes, por ejemplo los de percepción de Solomon Asch, indican que la presión social es capaz de cambiar y moldear nuestras decisiones porque el cerebro nos alerta cuando no pensamos como los demás, y nos recompensa si nos conformamos a la mayoría.

Pero no siempre es útil ser contagiado por las emociones negativas. Muchas de las emociones que antaño nos salvaban la vida hoy nos generan respuestas fisiológicas que nos enferman a través del estrés. Así, debemos ser capaces de filtrar de manera consciente algo que es inconsciente y programado. Ser emocionalmente inteligente implica ser un individuo con libertad a la hora de sentir y pensar. Algunos recursos que puedes utilizar son:

-          Exagera los «activadores» del buen humor: come chocolate, haz deporte, baila, sal con los amigos, ve al cine…
-          Elimina o limita lo que te desgasta: la crítica interna y externa, las personas amargadas, las limitaciones que te impones, las luchas de poder, todo lo que supone perder tiempo y energía. Reemplázalos con situaciones y personas positivas.
        Tu cerebro, naturalmente, pone el foco en lo negativo: tú céntrate en lo que haces bien, es decir, pon el foco en lo positivo, en lo que te hace sentir bien, en lo que te alimenta, en el trabajo, en tu vida personal.
        Pasa tiempo con personas positivas, sus emociones también son contagiosas.

Somos responsables de las emociones que trasladamos a los demás. No los contamines. Cuenta hasta cinco antes de enviar un correo desagradable o de decir algo negativo. Tenemos una gran capacidad para hacer daño o para dar alegría a los demás, para contagiarles consciente o inconscientemente nuestras emociones, ¿o sí?

sábado, 1 de junio de 2013

Macho alfa

El otro día alguien le dijo a mi hija que procedía del mono. Me costó explicarle que, para ser exactos, el mono no es nuestro padre, es nuestro hermano. No procedemos del mono, somos monos. Una raza evolucionada de monos sin pelo.

Por eso nos resulta tan divertido observar el comportamiento de bonobos y chimpancés, las especies más parecidas al mono humano. De casi todos nuestros comportamientos podemos encontrar una muestra mirando a nuestros hermanos primates.

Mi marido, como cualquier hombre, tiene a veces comportamientos de demostración de fuerza y chulería (me temo que ahora podré confirmar si aún sigue leyendo mi blog). Estas demostraciones de fuerza a los demás son usuales para evitar las confrontaciones directas que pueden acabar en daños irreparables para todas las partes.

Los grandes simios arrancan ramas, chillan, se suben a los árboles o arrastran piedras con este fin. Los humanos rompemos objetos, damos puñetazos contra la mesa, cerramos la puerta de golpe, gritamos e incluso damos patadas a las cosas, también hacemos desfiles militares o  pruebas con misiles.

En primates, se ha observado cómo individuos con lesiones fingían estar bien para no mostrar su debilidad a los oponentes. Esta es la razón por la que los poderosos tienen tanta precaución a la hora de mostrar a dirigentes enfermos o retienen la información de su enfermedad el máximo tiempo posible. Algo así ocurrió con Franco, Castro y hace poco tiempo con Chávez.

Otros ejemplos fáciles de identificar provienen del mundo del deporte. El equipo de rugby neozelandés 'All Blacks' utiliza en los previos una danza maorí con el fin de achantar al equipo rival.


Siguiendo con nuestra observación antropológica. De la misma manera que no hay macho alfa si no hay manada, no existe líder sin seguidores. Pero los líderes mundiales deberían pasar de vez en cuando por 'El ritual del rey payaso' que practican varias tribus de África del Sur.

En estas sociedades, el rey tiene que vestirse de pobre o actuar como un payaso durante un día al año, durante el cual debe soportar el odio e insultos que provienen del pueblo. Estos rituales que tanto fascinaron al antropólogo Max Gluckman, sirven para recordar simbólicamente que el sistema está por encima de cualquier individuo y que su poder emana del consentimiento colectivo.

sábado, 11 de mayo de 2013

El humano impasible

En abril de 1961 Adolf Eichmann fue juzgado y sentenciado a muerte por crímenes contra la humanidad durante el régimen nazi en Alemania. Tres meses después Stanley Milgran, psicólogo de la Universidad de Yale, realizó una serie de experimentos para responder a la pregunta: ¿Podría ser que Eichmann y su millón de cómplices en el Holocausto sólo estuvieran siguiendo órdenes?

Antes de que concluyas que esas acciones no tienen justificación alguna deja que te cuente en qué consistieron los experimentos y cuáles fueron los resultados:

Se buscaron voluntarios para un ensayo relativo al "estudio de la memoria y el aprendizaje”, se les ocultó que en realidad iban a participar en un investigación sobre la obediencia a la autoridad.

El experimento contaba con tres sujetos: el maestro, el alumno y el investigador. Al comienzo se les daba tanto al "maestro" como al "alumno" una descarga real de 45 voltios con el fin de que el "maestro" comprobara el dolor del castigo que recibiría su "alumno". Seguidamente el investigador proporcionaba al "maestro" una lista con pares de palabras debía enseñar al "alumno". El "maestro” leía la lista y después decía una palabra para que el alumno indicase si correspondía con las leídas previamente presionando un botón. Si la respuesta era errónea, el "alumno" recibiría del "maestro" una primera descarga de 15 voltios que iría aumentando en intensidad hasta los 30 niveles de descarga existentes, es decir, 450 voltios. Si era correcta, se pasaría a la palabra siguiente.

El "maestro" creía que estaba dando descargas al "alumno" cuando en realidad todo era una simulación. El "alumno" había sido previamente aleccionado por el investigador para que  simulase los efectos de las sucesivas descargas. Así, a medida que el nivel de descarga aumentaba, el "alumno" comenzaba a golpear en el vidrio que lo separaba del "maestro" y se quejaba de su condición de enfermo del corazón, luego aullaba de dolor, pedía el fin del experimento, y finalmente, al alcanzarse los 270 voltios, gritaba de agonía. Si el nivel del supuesto dolor alcanzaba los 300 voltios, el "alumno" dejaba de responder a las preguntas y se producían los estertores previos al coma.

Por lo general, cuando los "maestros" alcanzaban los 75 voltios, se ponían nerviosos ante las quejas de dolor de sus "alumnos" y deseaban parar el experimento, pero la férrea autoridad del investigador les hacía continuar. Al llegar a los 135 voltios, muchos de los "maestros" se detenían y se preguntaban acerca del propósito del experimento. Cierto número continuaba asegurando que ellos no se hacían responsables de las posibles consecuencias. Algunos participantes incluso comenzaban a reír nerviosos al oír los gritos de dolor provenientes de su "alumno".

Si el "maestro" expresaba al investigador su deseo de no continuar, éste le indicaba imperativamente que debía hacerlo, si aún así se negaba, se paraba el experimento. Si no, se detenía después de que hubiera administrado el máximo de 450 voltios tres veces seguidas.

Los resultados son estremecedores. Se comprobó que el 65% de los sujetos que participaron como "maestros"  administraron el voltaje límite de 450 a sus "alumnos". Ningún participante paró en el nivel de 300 voltios, límite en el que el alumno dejaba de dar señales de vida.

El profesor Milgram elaboró dos teorías que explicaban sus resultados: La primera es la teoría del conformismo, basada en el trabajo de Solomon Asch. Un sujeto que no tiene la habilidad ni el conocimiento para tomar decisiones, particularmente en una crisis, tomará las decisiones que le dicte el grupo y su jerarquía. El grupo es el modelo de comportamiento de la persona.

La segunda es la teoría de la cosificación. Según ésta, la esencia de la obediencia consiste en el hecho de que una persona se mira a sí misma como un instrumento que realiza los deseos de otra persona y por lo tanto no se considera a sí mismo responsable de sus actos.
Y yo sigo empeñada en que mi hija aprenda a obedecer.

sábado, 27 de abril de 2013

Cerebro plástico

Podemos cambiar. No sólo podemos, lo hacemos constantemente. Contrariamente a lo que se creyó durante décadas nuestro cerebro no es un diamante. No es algo rígido sino algo preparado para cambiar. Esta característica extraordinaria del cerebro es lo que denominamos «plasticidad cerebral», lo que el neurólogo Norman Doidge, autor de El cerebro que se cambia a sí mismo, define como la característica del cerebro de ser cambiable y adaptable. Aunque este mismo autor habla también de la <<paradoja de la plasticidad>>, esto es, que  nuestros cerebros están preparados para adoptar comportamientos rígidos o flexibles según cómo entrenemos el cerebro. De manera que, paradójicamente,  podemos aprovechar nuestra plasticidad para acostumbrar a nuestro cerebro a ser rígido. Pues vaya negocio, pensarás, pues sí, pero es que nos cuesta mucho esfuerzo desaprender los comportamientos una vez que los hemos consolidado.

El cambio mental requiere un esfuerzo, exactamente en la misma medida en que lo requiere el cambio físico. Pero así como podemos decidir qué cambios físicos queremos —una tripa más firme, una cintura más fina, más resistencia cuando corremos…— y podemos medir esos cambios de forma concreta, los cambios psicológicos son mucho más sutiles y tenemos menos facilidad para diagnosticar los que son necesarios y medir su impacto en nuestra vida.

A pesar del esfuerzo que supone el cambio hay situaciones en las que estamos predispuestos a ello. Por ejemplo, cuando tenemos que colaborar con otro ser. No podríamos colaborar con otras personas si fuésemos demasiado rígidos. Ésa sería una buena razón: somos más receptivos al aprendizaje cuando somos colaborativos. De hecho, las personas que se comprometen en relaciones amorosas maduras perciben este proceso de apertura al otro: enamorarse invita a aprender y a cambiar, y es un tiempo muy fértil desde el punto de vista plástico. Por ello, es importante dedicar tiempo al principio de una relación a consolidar comportamientos constructivos que formen una base sana para la relación, y a deshacer patrones interpersonales negativos.

Cuando aprendemos algo nuevo, ¿ese aprendizaje tiene un efecto inmediato en el cerebro? Sí, definitivamente. Ahora sabemos que cuando cambiamos el comportamiento y los esquemas mentales estamos utilizando la forma más contundente de producir cambios biológicos en el individuo. Numerosos estudios lo avalan, entre ellos los del científico Eric Kandel, que han demostrado que cuando un animal aprende algo no sólo cambia el número de conexiones sinápticas entre dos neuronas —y estamos hablando de entre mil trescientas y dos mil seiscientas a medida que el animal aprende o desaprende algo—sino que determinados genes se activan en las neuronas para fabricar proteínas y lograr esa conexión.

De los descubrimientos que más me impactaron mientras estudiaba la carrera fue el hecho de que, en algunos casos, la plasticidad puede corregir algunas anomalías congénitas o accidentales. Por ejemplo las alteraciones del lenguaje tienen mejor recuperación si se producen en la niñez o en la juventud. Se pueden producir dos tipos de plasticidad. Una de ellas es que áreas cerebrales sanas, vecinas a las áreas de lenguaje afectadas asumen la función del lenguaje. El otro tipo se debe a la aparición de áreas de lenguaje en el hemisferio opuesto. Es sorprendente, el cerebro se cura a si mismo supliendo algunas de sus funciones lesionadas recurriendo a la plasticidad.

La plasticidad hace que nuestro cerebro siga creciendo a pesar de la edad y se vaya adaptando a los nuevos retos. Lo importante es mantener siempre la mente abierta. No leer siempre los mismos libros, cambiar nuestro camino al trabajo, cultivar diferentes amistades... Lo que llamamos enriquecernos no es más que contribuir a crear nuevos senderos en nuestro cerebro y evitar los desgastados por el hábito. A pesar del esfuerzo que supone salir de nuestra zona de confort.


sábado, 13 de abril de 2013

Schadenfreude

Schadenfreude no es el nombre de ningún personaje literario. Aunque si lo fuese sería una especie de villano. Me suena a Barón Schadenfreude. Un malo malísimo, lleno de envidia que se alegra de las desgracias ajenas.

Así es, la envidia malsana se llama en literatura científica «Schadenfreude». Una palabra alemana que evoca un sentimiento universal: regodearse ante el fracaso de los demás. La Schadenfreude se agudiza si hay razones para creer que se está haciendo justicia («se lo merece…»), pero eso no explica por qué a veces nos alegramos del dolor ajeno. Se puede desear justicia sin ser un sádico.

Hay un reflejo humano: el de sentir alivio cuando lo malo le pasa a otro y no a nosotros. Somos seres empáticos para lo bueno y para lo malo. Como nos es muy fácil ponernos en la piel de los demás, cuando les pasa algo malo pensamos: «Menos mal que eso no me ha pasado a mí…». Es un reflejo natural que te hace sentir bien y a salvo. Pero alegrarse por la desdicha ajena —la Schadenfreude— tiene mucho que ver con la envidia.

Fue la envidia la que provocó el primer asesinato del Génesis: la muerte de Abel a manos de Caín. Sin embarrgo, desear lo que tiene el otro, aunque te parezca extraño, es una forma de mantener conexiones con el grupo, de competir, de no quedarte atrás. Es la llamada envidia sana. Pero, ojo, porque cuando sientes mucha envidia se activan nodos de dolor físico en tu cerebro. La envidia duele. En cambio, cuando un envidioso se entera de que a la persona que envidia le va mal, se le activan los centros de recompensa del cerebro. Y eso le alivia el dolor que siente.

Un estudio de la Universidad de Leiden, en Holanda, revela que cuanto menos autoestima tienes, más posibilidades hay de que sientas alegría, en vez de compasión, cuando les va mal a los demás. Es porque te da la sensación de que no sólo tú eres un «fracasado».

El envidioso es un insatisfecho (ya sea por inmadurez, represión, frustración, etc.) que, a menudo, no sabe que lo es. Por ello siente consciente o inconscientemente mucho rencor contra las personas que poseen algo (belleza, dinero, sexo, éxito, poder, libertad, amor, personalidad, experiencia, felicidad, etc.) que él también desea pero no puede o no quiere desarrollar. Así, en vez de aceptar sus carencias o percatarse de sus deseos y facultades y darles curso, el envidioso odia y desearía destruir a toda persona que, como un espejo, le recuerda su privación. La envidia es, en otras palabras, la rabia vengadora del impotente que, en vez de luchar por sus anhelos, prefiere eliminar la competencia. Por eso la envidia es una defensa típica de las personas más débiles, acomplejadas o fracasadas.

La envidia paraliza y envenena. Contra la envidia, podemos visualizar, imaginar, cómo cuidamos y deseamos lo mejor incluso a aquellos que consideramos enemigos. Recuerda que la justicia no está reñida con la compasión.