sábado, 19 de mayo de 2012

Hazlo lento

Hacer dos cosas a la vez parece muy inteligente, eficiente y moderno; no obstante, lo que suele significar es hacer dos cosas no tan bien como deberían hacerse. Como escribió Milan Kundera en su novela corta La lentitud (1996): “Cuando las cosas suceden con tal rapidez, nadie puede estar seguro de nada, de nada en absoluto, ni siquiera de sí mismo”.

La velocidad libera dos sustancias, la adrenalina y la noradrenalina, que también recorren el cuerpo durante el acto sexual. Kundera da en el clavo cuando habla del “éxtasis de la velocidad”. De la misma manera que la vida requiere momentos de esfuerzo intenso y ritmo apresurado, también necesita una pausa de vez en cuando, un momento sabático para determinar el rumbo que estamos siguiendo, la rapidez con que queremos llegar a nuestro destino y, lo que es más importante, por qué queremos ir ahí. La lentitud puede ser hermosa.

Los expertos creen que el cerebro tiene dos formas de pensamiento. En su obra Cerebro de liebre, mente de tortuga: por qué aumenta nuestra inteligencia cuando pensamos menos, el psicólogo británico Guy Claxton llama a esas formas fast thinking o slow thinking, o pensamiento rápido y pensamiento lento. El primero es racional, analítico, lineal y lógico. Es lo que hacemos bajo presión, cuando el reloj hace tictac; es la manera de pensar de los ordenadores, la manera en que funciona el lugar de trabajo moderno, y aporta soluciones claras a problemas bien definidos. En cambio, el pensamiento lento es intuitivo, borroso y creativo. Es lo que hacemos cuando desaparece la presión y tenemos tiempo para dejar que las ideas ardan a fuego lento y a su ritmo en el fondo de la mente. Aporta unas percepciones abundantes y sutiles. Las exploraciones demuestran que cada una de estas formas de pensamiento produce ondas distintas en el cerebro: ondas alfa zeta más lentas durante el pensamiento lento, beta más rápidas durante el pensamiento rápido.

La relajación suele ser precursora del pensamiento lento. Las investigaciones han revelado que el ser humano piensa más creativamente cuando está sereno, libre de estrés y de apremios, y que si uno está sometido a la presión del tiempo lo ve todo como a lo largo de un túnel. A menudo trabajar menos significa trabajar mejor. Hemos perdido la cualidad de esperar, la gratificación inmediata es muy peligrosa. Hay que reaprender el arte de gozar del momento si queremos ser más felices.

Einstein apreciaba la necesidad de conjugar ambas modalidades de pensamiento: “Los cerebros electrónicos son increíblemente rápidos, exactos y estúpidos. Los seres humanos son increíblemente lentos, inexactos y brillantes. Juntos, son poderosos más allá de lo imaginable”. Por ello, las personas más inteligentes y creativas saben cuándo es el momento de dejar que la mente divague y cuándo han de dedicarse con ahínco al duro trabajo. En otras palabras, saben en qué momento deben pensar con rapidez y en qué momento deben hacerlo lentamente.

Así pues, ¿cómo puedes acceder al pensamiento lento, sobre todo en un mundo que premia la velocidad y la acción? El primer paso consiste en relajarte, poner a un lado la impaciencia y aprender a aceptar la incertidumbre y la inacción. Hay que esperar a que las ideas se incuben por debajo del radar, en vez de esforzarse para que salgan a la superficie, dejar la mente silenciosa y tranquila. Como expresa un maestro zen, en vez de decir: “No te quedes ahí sentado, haz algo”, deberíamos decir lo contrario: “No hagas nada, siéntate ahí”.

Todos podemos aprender a hacerlo. Procura no pensar en el tiempo no como un recurso finito que siempre se escapa, o como un matón al que uno teme o derrota, sino como el benigno elemento en el que vivimos. Quizá el error está en nuestra percepción del tiempo como algo lineal y finito, algo que pasa y no se recupera. Para las tradiciones filosóficas chinas, budistas e hinduistas el tiempo nos rodea renovándose como el aire que respiramos.

Cuando se trata de ir más despacio, lo mejor es comenzar poco a poco. Prepara una comida desde el comienzo. Da un paseo con un amigo en vez de ir corriendo a las galerías comerciales para comprar cosas que en realidad no necesitas. Lee el periódico sin encender el televisor. Y cuando hagas el amor, añade el masaje. O, sencillamente, concédete unos minutos para sentarse y permanecer inmóvil en un lugar tranquilo.

Cada vez que me sorprendo a mí misma apresurándome sin motivo, inspiro hondo y pienso: “No hay necesidad de correr. Tómatelo con calma. Ve más despacio”. Mi mantra es: “Keep calm and carry on”



P.D.: No escuches siquiera, limítate a esperar. No esperes siquiera, permanece inmóvil y solitario. El mundo se te ofrecerá libremente para que lo desenmascares. No tiene elección. Girará arrobado a tus pies. Franz Kafka


sábado, 5 de mayo de 2012

Tengo miedo

El miedo, como las demás emociones, no es una emoción positiva ni negativa es simplemente adaptativa. Hasta que se convierte en ansiedad o fobia nos sirve para ser cautos y protegernos de lo que nos puede dañar. Es cierto que, a veces ese miedo ni siquiera tiene objeto y se convierte en angustia, en ansiedad. Angustia es un miedo sin objeto. ¿Qué teme el angustiado? Nada en particular. Esta característica permitió a Heidegger hacer un ingenioso juego de palabras metafísico y decir que la angustia nos revela la Nada. En todo caso, lo que nos revela es nuestra vulnerabilidad. Una de las características de los pensamientos  angustiosos es que no llevan a ninguna parte. Se mueven en círculo. Recuerdo un angustioso apólogo de Kafka, titulado la guarida: una pequeña alimaña del bosque excava su refugio y desde el interior camufla la entrada para que sus depredadores no la descubran. Pero, una vez dentro, le entra la preocupación de si la entrada estará bien disimulada. Para cerciorarse, necesita verla desde fuera. Sale, pero para salir ha tenido que destruir el camuflaje. Vuelve a construirlo desde dentro, vuelve a salir, vuelve a entrar. Su afán de seguridad le hace estar permanentemente insegura porque la angustia es una permanente ansiedad ante una amenaza imprecisa.
Los psicólogos nos empeñamos en conocer los secretos de la mente pero quienes mejor conocen los recovecos del alma son los poetas. Pocos han descrito el miedo como Rilke:
“Todos los miedos perdidos están otra vez aquí. El miedo de que un hilito de lana que sale del borde de la colcha sea duro, duro y agudo como una aguja de acero; el miedo de que ese botoncito de mi camisa de noche sea mayor que mi cabeza, grande y pesado; el miedo de que esta miguita de pan que ahora se cae de mi cama sea de cristal y se rompa abajo, y el miedo opresor de que con eso se rompa todo, todo para siempre; el miedo de que la tira del borde de una carta desgarrada sea algo prohibido que nadie debería ver; algo indescriptiblemente precioso, para lo cual no hay lugar bastante seguro en el cuarto; el miedo de que si me duermo me trague el trozo de carbón que hay delante de la estufa; el miedo de que empiece a crecer cierto número en mi cabeza hasta que no tenga sitio en mí; el miedo de que me pueda traicionar y decir todo aquello de que tengo miedo, y el miedo de que no pueda decir nada, porque todo es inestable, y los otros miedos…. ”
Déjame que siga usando a Rilke. Cuando nos cuenta la historia del hijo pródigo  la interpreta como el temor a producir angustia en los demás al darles amor… “Difícilmente me convencerán de que la historia del hijo pródigo no es la leyenda del que no quería ser amado” El protagonista huye de la casa paterna, donde todos, hasta los perros, le querían, porque no soporta la idea de hacer daño a aquellos que, por quererle, esperan algo de él, algo que él no está dispuesto a dar. “Sólo mucho después comprenderá claramente cuánto se había propuesto no amar nunca para no poner a nadie en la difícil situación de ser amado” Para Rilke  el amor perfecto es el que no pide nada, ni espera nada.
Te contaba al inicio que sentir miedo no siempre es algo malo, puede ser enormemente creativo, el recogimiento que provocan la soledad y la angustia puede crear cosas muy bellas. Rilke pensaba que necesitaba el malestar íntimo para crear.  El 14 de enero de 1912 dice en una carta al doctor Emil von Gebsattel, médico psicoanalista: “Si no me equivoco, mi mujer está convencida de que es una especie de dejadez por parte mía lo que me impide hacerme analizar conforme al aspecto piadoso de mi naturaleza (como dice ella); pero esto es falso; es precisamente, por así decirlo, mi piedad lo que me impide aceptar esta intervención, ese querer  poner en orden mi interior, esa cosa que no forma parte de mi vida, esas correcciones en tinta roja en la página escrita hasta ahora. Ya lo sé, estoy mal, y usted, querido amigo, ha podido ya comprobarlo; pero créame, estoy tan lleno de esta maravilla incomprensible e inimaginable que es mi existencia, que, desde un principio, parecía imposible y, no obstante, continúa, de naufragio en naufragio, por caminos cuajados de las más duras piedras, que si pienso en la posibilidad de no volver a escribir, me trastorna la idea de no haber trazado sobre el papel la línea maravillosa de esa existencia tan extraña” y concluye con esta maravillosa frase “temo que al expulsar a mis demonios puedan abandonarme también mis ángeles”. 



P.D.: Muchos animales tienen miedo a los ojos, porque son el signo de una vida ajena, de la que no se sabe qué esperar. Por eso, algunas mariposas dibujan en sus alas formas parecidas a ojos, para espantar a los depredadores. En el caso del ser humano, detrás de los ojos hay una subjetividad que juzga y, a partir de esa evaluación, acepta o rechaza, quiere u odia, acoge o ataca y eso, a veces, da miedo.

sábado, 28 de abril de 2012

El punto ciego

No es la primera vez que te digo esto: todos vivimos la misma realidad pero en distintos mundos. Solemos pensar que nuestra percepción del mundo es mucho más completa de lo que es en realidad. Sentimos que registramos lo que pasa en nuestro entorno al igual que una cámara de vídeo, pero lo que sucede es muy distinto. El cerebro utiliza distintos recursos para hacerse una idea de lo que sucede en su entorno pero  ¿el mundo que vemos es el mundo que existe?.... No estamos seguros, pero de lo que sí estamos seguros es de que lo que percibimos nos sirve. Nuestro cerebro no está preparado para vivir sino para sobrevivir, por lo tanto la percepción no es más que una herramienta útil para nuestra adaptación. Lo vas a entender enseguida: ¿qué objetos percibes en primer lugar cuando tienes hambre? y, cuando estás enamorado de alguien, ¿qué rasgos están más presentes, los positivos o los negativos?, me dirás: es que mi novio/a no tiene defectos, claro, ya, tu ex tampoco los tenía y ahora no encuentras una sola virtud en el/ella.
Nuestra percepción viene condicionada por nuestras necesidades (los niños pobres perciben las monedas más grandes que los niños ricos), por nuestro estado emocional (nuestros novios no tienen normalmente ningún defecto), por el entorno (el mismo tono de gris parece más oscuro si el fondo es más claro).  La percepción no es una película, de la misma manera que la memoria no es un archivo fotográfico. Recordar es como percibir en el tiempo. Cuando, por ejemplo, volvemos a nuestra guardería después de muchos años el aula nos parece más pequeña de lo que recordábamos, por no hablar de la cantidad de detalles que nuestro cerebro decide obviar, probablemente elimina hechos negativos para ayudarnos a sobrevivir, para mantenernos cuerdos.
Lo curioso es que nuestra manera de percibir es única y suele venir condicionada por nuestra experiencia. A percibir aprendemos, sí, como lo oyes. Hace unos cincuenta años, un pigmeo llamado Kenge realizó su primer viaje desde la frondosa selva tropical africana a las llanuras en compañía de un antropólogo. Aparecieron unos búfalos en la distancia –manchitas negras sobre un fondo de cielo blanco inmaculado-, y el pigmeo los observó con curiosidad. Al final se volvió hacia el antropólogo y le preguntó qué clase de insectos eran. Cuando le dijo que los insectos eran búfalos, el pigmeo soltó una risotada. El antropólogo no era tonto ni había mentido. Mejor dicho, como Kenge había vivido siempre en una frondosa jungla sin vista al horizonte, no había aprendido algo que  todos damos por sentado: que las cosas tienen otro aspecto vistas desde lejos. Tú y yo no confundimos los insectos ungulados porque estamos acostumbrados a contemplar vastas extensiones de terreno y sabemos desde niños que los objetos se ven más pequeños en la retina cuando están lejos que no cuando están cerca. El cerebro sabe que las superficies de los objetos cercanos proporcionan detalles específicos de su textura que se difuminan y se mezclan cuando el objeto se aleja; el grado de detalle visible se utiliza para valorar la distancia entre el ojo y el objeto. Si la pequeña imagen de la retina es detallada – podemos ver los pelillos de la cabeza de un mosquito y la textura de sus alas, parecida al papel de celofán-, el cerebro supone que el objeto está a más de dos centímetros del ojo. Si la pequeña imagen de la retina no es detallada –sólo vemos el contorno borroso y la forma sin sombrea del búfalo-, el cerebro supone que el objeto está a un par de miles de metros de distancia.
Como te decía nuestro cerebro construye su propia realidad, no sólo interviene de manera activa en la percepción filtrando los estímulos que llegan del exterior sino que además, debido a su escasa capacidad atencional, elige a qué estímulos prestar atención y a cuáles no.  Según Freud y Broadbent filtramos la experiencia para ver tan sólo lo que necesitamos ver y para saber únicamente lo que precisamos saber.



P.D.: Quizá si pruebas a cambiar el esquema de percepción puedas encontrar soluciones más creativas a los que tú percibes como problemas.

sábado, 21 de abril de 2012

Conócete a ti mismo

Leía el otro día un verso de Antonio Machado: “El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve”. ¿Existimos por nosotros mismos o nuestra existencia tiene sentido porque nos perciben los demás? En este sentido Hegel mantenía que sólo podemos conocernos a través de los otros, los demás se convierten en una suerte de espejo que refleja lo que somos pues, parece que, cuando nos miramos a nosotros mismos no somos muy objetivos. Lo oportuno entonces es que estemos muy atentos al feedback de los demás y aceptemos los comentarios y las críticas como un regalo, manteniendo una especie de actitud para construir.

Imagina que has recibido en pocos días varias críticas por la misma cuestión, incluso algún amigo se ha visto ofendido por tu actitud. Una vez que has pasado por el proceso de “negación”, -no, yo no soy así-, de “ira”, -quién se han creído los demás para juzgarme-, si tienes un mínimo de inteligencia emocional es posible que entres en la fase de “autoanálisis”. Has decidido tomar cartas en el asunto para modificar tu comportamiento, has apostado por crecer, por cambiar, por construir, por avanzar. Todo el mundo no puede estar equivocado y, como sabes, los hechos objetivos no importan, lo importante son las percepciones, en este caso, las de los demás. Censurar e irritarse es mucho menos útil que tratar de comprender por qué los demás reaccionan así contigo.

Otra manera de conocernos es a través de nuestras proyecciones. Hace ya muchos años que el filósofo David Hume advirtió esta tendencia señalando lo que denominó la “asombrosa tendencia” del ser humano a atribuir a los demás “las mismas emociones que observamos en nosotros y encontrar en todas partes las ideas que más presentes se hallan en nosotros”, en nuestra mente. Cuántas veces atribuyes a los demás tus propios miedos, tus propias inquietudes, tus propias intenciones. En la búsqueda de confirmar tus creencias te rodeas de gente que piensa como tú, que tiene tu mismo carácter y aspiraciones cuando lo enriquecedor son aquellas personas que por ser distintas te ayudan a valorar otras perspectivas y, por contraste, eres más consciente de tu propio yo.

Lo importante es tener una mente abierta y no tener miedo a conocerte. En ese proceso de autoanálisis no te preocupes si ves algo que no te gusta, nadie es perfecto. Cuando uno mira a los ojos a sus propios monstruos, se da cuenta de que tampoco resultan tan feos. Y cuando uno indaga en el lado oscuro, puede ayudar a otros a romper sus cadenas y a desarrollar su potencial. Existe un dicho del Profeta Mahoma que dice: “La mayor ignorancia para el hombre es la ignorancia de sí mismo”. También lo dijo Sócrates hace más de 2.000 años en la Grecia Clásica: “Hombre, conócete a ti mismo”.



P.D.: “¿Conoces a alguien a quien desearías modificar, y regular, y mejorar? ¡Bien¡ Espléndido. Yo estoy a favor. Pero, ¿por qué no empiezas por ti mismo? Desde un punto de vista puramente egoísta, eso es mucho más provechoso que tratar de mejorar a los demás. Sí, y mucho menos peligroso.

sábado, 14 de abril de 2012

Felicidad para dummies

Si estás leyendo este post es porque te preocupa cómo ser más feliz. Me imagino que sueles leer otros artículos relacionados con la felicidad y algún que otro libro de autoayuda de esos que no sirven casi para nada. De manera que, probablemente, ya habrás llegado a una conclusión: la felicidad depende de uno mismo, de lo que haces y de cómo interpretas la realidad. Ahí va un poco de información que confirma tu teoría:

Cuando estás triste, lloras. Cuando eres feliz, sonríes. Cuando estás de acuerdo, asientes con la cabeza. Hasta ahí, todo normal, pero, según un campo de investigación conocido como psicología propioceptiva, el mismo proceso funciona a la inversa. Si consigo que te comportes de cierto modo, puedo provocar en ti ciertas emociones y ciertos pensamientos.

En un experimento (Laird, J.D., 2007) que se ha convertido en un clásico, se les pidió a dos grupos de personas que sumasen una lista de números. Durante la tarea, a un grupo se le dijo que frunciese el ceño (o, en palabras de los investigadores, que contrajeran el músculo superciliar), mientras que al otro se le pidió que esbozase una leve sonrisa (que extendiesen el músculo cigomático). Este sencillo movimiento facial tuvo un efecto sorprendente cuando pidieron a los participantes que puntuaran la dificultad de la tarea: lo que fruncían el ceño estaban convencidos de que se habían esforzado mucho más que los sonrientes.

En otro estudio diferente (Förster, J., 2004), los participantes tuvieron que concentrarse en una serie de productos que se movían por una gran pantalla de ordenador e indicar después si les parecían atractivos. Algunos de los artículos se movían verticalmente (lo que obligaba a los participantes a asentir con la cabeza mientras observaban), mientras que otros se movían horizontalmente (lo que suponía un movimiento de cabeza lateral). Los participantes preferían los productos que se movían verticalmente, sin ser conscientes de que sus movimientos de asentimiento y negación habían desempeñado un importante papel en sus decisiones.

La misma idea se aplica a la felicidad. Sonreímos cuando estamos contentos, pero también estamos más contentos porque sonreímos. El efecto funciona se sea o no consciente de la sonrisa. En los ochenta, Fritz Straack y sus colegas pidieron a dos grupos de personas que observaran las tiras cómicas de Gary Larson, Far Side, y dijesen si les parecían divertidas y lo felices que se sentían, pero poniéndolos en unas circunstancias bastante extrañas. A un grupo se le pidió que sostuviese un lápiz entre los dientes, asegurándose de que no les tocase los labios. Al otro, que sostuviesen el extremo del lápiz con los labios, no con los dientes. Sin darse cuenta, los del grupo de los dientes se veían obligados a sonreír, mientras que los de los labios tenían que fruncir el ceño. Los resultados revelaron que los participantes tendían a experimentar la emoción asociada con sus expresiones. Los que sonreían a causa del lápiz se sentían más felices y consideraban más divertidas las tiras cómicas que los que tenían que fruncir el ceño. Otros trabajos han demostrado que este aumento de la felicidad no desparece en cuanto se deja de sonreír. Sigue vivo y afecta a varios aspectos del comportamiento, incluida una interacción más positiva con los demás y la capacidad de recordar mejor los acontecimientos felices de la vida.

Sabiendo esto, puedes actuar como una persona feliz para aumentar tu sensación de felicidad. Intenta andar de forma más relajada, haciendo oscilar más los brazos, caminando con más brío. Intenta también hacer gestos más expresivos con las manos durante las conversaciones, asentir con la cabeza mientras los demás hablan, vestir ropa más colorida, utilizar con más frecuencia palabras con carga emocional positiva (sobre todo amor, gustar y cariño) reducir la frecuencia de referencias a ti mismo (a mí, mío y yo), variar más tu tono de voz, hablar algo más deprisa o dar la mano con más firmeza.

Bien, ya te lo he contado. Muchas de estas cosas ya las sabías, incluso te he dado consejos acerca de cómo debe ser tu conducta para ser una persona feliz. Ahora, dime, ¿eres más feliz?, probablemente tu índice de felicidad no haya aumentado en gran medida en estos dos minutos. Vamos a probar otra cosa, mira estos vídeos:





Ahora sí, ¿verdad?, ahora sí te has llenado de optimismo. A veces el truco no está en grandes manuales teóricos ni en densos libros de autoayuda que funcionan sólo mientras los estás leyendo. La cuestión es “experimentar” la felicidad, por ejemplo, rodeándote de gente positiva, con energía. Las emociones se contagian, no lo olvides, también las negativas.

viernes, 6 de abril de 2012

Dime lo que sientes....

Pedirle a alguien que te diga cual es la causa de lo que siente es como pedirle que te explique por qué ha hecho algo: una tarea inútil.

Todos necesitamos darle significado a nuestras emociones, etiquetarlas, ponerles nombre y achacarlas a algo, pero no siempre lo hacemos correctamente. Esta necesidad es tan potente que incluso cuando nuestro estado emocional es puramente fisiológico, es decir, está producido artificialmente por una sustancia como la adrenalina, que se limita a inducir palpitaciones, nerviosismo y un aumento de la presión arterial, la tendencia espontánea es atribuir nuestro estado de tensión física a alguna circunstancia externa. Esto es precisamente lo que demostró en un ingenioso experimento Stanley Schachter, psicólogo de la Universidad de Stanford. Los participantes en la investigación eran estudiantes voluntarios a quienes previamente se había informado –falsamente- de que el propósito del proyecto era estudiar los efectos de un nuevo fármaco para mejorar la vista. En realidad, el fármaco era adrenalina que, como he dicho, produce simplemente un estado físico de tensión emocional sin ningún tono o matiz positivo o negativo. Seguidamente, los investigadores advirtieron por separado a la mitad de los participantes –los informados- de que la medicación les iba a provocar tensión nerviosa y taquicardia. A la otra mitad -los ingenuos- les indicaron que el fármaco no les haría sentir nada especial.

Todos los participantes recibieron una inyección de adrenalina. Después de esperar unos minutos, un grupo pasó a una sala en la que unos actores, representando a investigadores, creaban un ambiente simpático y jovial, y otro grupo entró en una sala en la que otros actores crearon un ambiente hostil y de irritación. Al terminar el experimento todos los sujetos completaron un cuestionario en el que describían su estado emocional. Los participantes que habían sido informados de antemano sobre los efectos reales de la inyección de adrenalina declararon que se habían sentido “tensos” pero no habían experimentado ninguna emoción positiva o negativa; sabían que el fármaco y no los actores les había producido el estado de tensión nerviosa. Sin embargo, los participantes “ingenuos” se consideraban alegres o enojados de acuerdo con la situación ficticia a la que habían sido expuestos. Así pues, la misma reacción fisiológica producida por la adrenalina fue interpretada como simples efectos de este fármaco por aquellos que ya los anticipaban, o como emociones de alegría o de enojo, según el ambiente social creado ficticiamente, por quienes no anticipaban los efectos de la adrenalina. En resumen, todos los participantes necesitaron interpretar su estado emocional, y cada uno lo hizo a su manera.

Hay un estudio de Dutton y Aron (1974) que les gusta mucho a mis alumnos. Los autores estudiaron las reacciones de unos jóvenes mientras cruzaban un puente colgante construido con tablones de madera y cables de acero que se balanceaba peligrosamente a gran altitud. Una mujer se acercaba a algunos de estos jóvenes mientras estaban cruzando el puente y a otros cuando ya lo habían cruzado para hacerles una encuesta. Después les ofreció su teléfono sugiriéndoles que la llamasen si querían conocer los resultados del estudio. A la joven la llamaron en mayor número los hombres que se encontraron con ella mientras cruzaban el puente. Los autores explicaron los resultados porque los sujetos que conocieron a la mujer cruzando el puente estaban experimentando una elevada excitación psicológica que en condiciones normales hubiesen identificado como miedo, pero al estar con una joven atractiva la confundieron con atracción sexual.

De manera que no es tan sencillo que sepas lo que sientes, mucho menos que lo achaques a la causa correcta y, por supuesto, la cosa puede complicarse si acudes a según qué psicólogo :)




sábado, 31 de marzo de 2012

El muerto por mayoría

Todos necesitamos sentirnos parte de un grupo, ya sea amigos, empresa, equipo de futbol o marca de cerveza. Necesitamos el calor del establo, como dijo Nietzsche. Compaginamos la pasión de sentirnos diferentes con la de identificarnos con un grupo o una tribu. Y este miedo a que te echen fuera del grupo tiene una finalidad biológica. El instinto gregario permite que la cría del ser humano, que es la más desvalida de todo el reino animal, sobreviva.

A pesar de esto la pertenencia a un grupo no es siempre lo facilita todo. Cuando formas parte de un grupo tu rendimiento puede ser inferior a lo que puedes rendir cuando trabajas individualmente ¿o no? Ringelman, un ingeniero agrónomo francés, lo comprobó en el estudio que realizó con hombres que tiraban de una cuerda. Según las leyes de la física, si cuatro personas tiran de la cuerda ejercen cuatro veces más esfuerzo que si tira uno solo. Sin embargo, según su estudio la cifra real era de dos y media. Y si se trata de ocho hombres tirando, la ratio descendía a menos de cuatro veces el esfuerzo individual. Como la física no se equivoca (al menos en este juego), parece que la clave hay que buscarla en la motivación. Las fuerzas de los miembros de equipos grandes se diluyen por arte de magia a causa del denominado “apoyo de grupo”. La multitud disuelve tu desempeño y piensas: “Los demás están haciendo un poco el vago, ¿por qué yo no?, ¿por qué he de trabajar más si todo el mundo gana lo mismo que yo?”. 
 
Puedo ponerle otro “pero” a la pertenencia al grupo: el pensamiento grupal no es siempre lo mejor para el individuo. Personas inteligentes a veces toman decisiones poco afortunadas cuando forman parte de equipos muy cohesionados, como las sectas o los grupos paramilitares, con un ideal común con una misión “cuasi divina”. El pensamiento grupal se alcanza cuando todos piensan de la misma manera, y nadie propone alternativas. Sus consecuencias son muy perniciosas: adiós a las alternativas, adiós a los expertos, que opinen lo contrario, adiós a otra forma de entender la información.
 
Déjame que te cuente un cuento:
Un hombre tuvo un ataque cardíaco y todos lo dieron por muerto. Amortajaron el cadáver, lloraron las plañideras, prepararon los funerales y avisaron al sacerdote. Pero no había fallecido y cuando despertó, del susto de verse en un ataúd, volvió a desmayarse.
Los asistentes llamaron a los médicos y forenses, que dictaminaron:
No había muerto, pero ahora sí que es un auténtico difunto.
Se puso en marcha el cortejo fúnebre y cuando ya estaba a punto de ser encendida la pira de incineración  aquel hombre se incorporó gritando:
- ¡Estoy vivo! ¡Estoy vivo!
- No puede ser- gritaron familiares, amigos y conocidos -Se ha certificado que estás muerto. Estás preparado como un muerto, y se ha procedido como si estuvieras muerto.
- ¡Pero estoy vivo!  -gritaba aquel hombre despavorido.
 Uno de los asistentes reconoció a un notario entre los presentes y le solicitaron su opinión:
-Todo parece indicar que este hombre está muerto -dijo el notario- pero, no obstante, se ha de proceder según indique la mayoría. ¿Está vivo o está muerto?
-¡Está muerto! -gritaron todos al unísono.
- Pues si lo han dicho los expertos y esa es la opinión de la mayoría, la conclusión es que está muerto.
- ¡Que se encienda la pira!
En unos minutos, todos tenían razón, el hombre estaba incinerado y muerto.

 P.D.: Las minorías a veces tienen razón. La mayoría siempre se equivoca (Jodorowsky).