sábado, 26 de octubre de 2013

Come, reza, ama


El título parece el resumen de lo que necesita un ser humano para sobrevivir: alimento, aliento espiritual y amor. Pero no en este orden. Los experimentos han demostrado que para sobrevivir, para crecer, los niños precisan más de amor que de alimento. Amor en forma de tacto activo. Parece que la ausencia de tacto es uno de los más importantes agentes estresantes evolutivos que podemos padecer.

Déjame que te cuente la historia de una adinerada familia británica victoriana: Uno de los hijos, de trece años, el preferido de la madre, muere en un accidente. La madre desesperada y sin consuelo, se queda en la cama durante años, olvidándose por completo de su otro hijo de seis años. Se suceden escenas terribles. En una ocasión, el niño entra en el oscuro dormitorio: la madre en su delirio, cree por un momento que se trata del hijo muerto: “David, ¿eres tú? ¿Es posible que seas tú?”, antes de darse cuenta de su error exclama: “¡Ah, eres tú!”. Crecer con ese “Ah, eres tú”. El niño, abandonado (parece que el padre, severo y distante, no se relacionaba con ninguno de los hijos), se aferra a esta idea: si siempre soy un niño, si no crezco, tendré al menos la oportunidad de agradar a mi madre, de conseguir su amor. Aunque no hay pruebas de existencia de enfermedades o de desnutrición en su acaudalada familia, el niño deja de crecer. Ya adulto, mide apenas un metro y medio y su matrimonio  no se consuma. El desagraciado niño se convirtió en el autor de un famoso clásico de la literatura infantil: Peter Pan. El niño era J.M. Barrie.

Para un adecuado crecimiento físico y mental no hablamos de cualquier muestra de cariño, el elemento importante es el tacto y tiene que ser activo. Si se separa a una cría de rata de su madre, sus niveles de hormona de crecimiento caen en picado y se detiene su desarrollo. Si se le permite el contacto con la madre cuando ésta se halla anestesiada, los niveles de la hormona se mantienen bajos. Si se imitan los movimientos de lamer de la madre mediante caricias adecuadas a la cría, el crecimiento se normaliza. Otros investigadores, en hallazgos similares, han observado que tocar a las ratas recién nacidas hace que crezcan más y más deprisa.

En los años 60´s los experimentos de Harlow (a pesar de su cuestionamiento ético) contribuyeron a responder a una pregunta en apariencia obvia de forma no obvia. ¿Por qué los niños sienten apego por sus madres? Porque mamá proporciona alimento. Para los médicos de la época, era obvio y práctico- no había necesidad de que las madres visitaran a los niños hospitalizados- cualquiera con un biberón supliría las necesidades de afecto. Harlow sospechó algo y decidió comprobar lo que todos daban por sentado. Crió a monos rhesus sin la presencia de las madres, dándoles dos tipos de “sustitutas artificiales”. Una de esas falsas madres tenía una cabeza de mono hecha de madera y un torso formado por  un tubo de tela metálica, en medio del cual había un biberón. Esta madre sustituta daba de comer. La otra tenía una cabeza y torso similares, pero en lugar de contener un biberón, el torso estaba envuelto en felpa. Contrariamente a lo que se esperaba los monitos elegían la de felpa. Este resultado indica que los niños no quieren a su madre porque ésta equilibre su ingesta alimenticia, sino porque, generalmente, la madre también los quiere y les abraza o, al menos, es algo suave a lo que aferrarse.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Sólo unos minutos



Acaba de empezar el curso y ya he recibido más de un email lleno de promesas de alumnos que, ante los fracasos del curso pasado, han decidido esforzarse por llevar el curso al día. Muchos lo manifiestan incluso en clase, delante de sus compañeros. Pero los profes sabemos que muy pocos cumplirán sus promesas. En pocos días se aburrirán, se desmotivarán y empezarán a hacer el vago.

La cuestión es que en general el ser humano tiene que hacer un esfuerzo por estar motivado, por empezar y acabar las tareas, pero también es cierto que algunos consiguen sobreponerse a la procrastinación y superar la pereza. Para los alumnos que no llevan esta cualidad de serie ahí van un par de técnicas:

La técnica del “sólo unos minutos” fue propuesta por una psicóloga rusa llamada Bliuma Zeigarnik. Ella comprobó que cuando empiezas una actividad, la mente experimenta una especie de ansiedad hasta que terminas lo que estás haciendo, porque al cerebro no le gusta nada dejar las cosas a medias. En cambio, cuando concluyes la actividad, la mente da como un suspiro de alivio. Lo difícil es, sobre todo, empezar a hacer algo. Así, como lo que de verdad te abruma es realizar una actividad que imaginas dura, ardua, lo que puedes hacer es pensar que sólo vas a centrarte en esa tarea durante unos minutos. Sólo unos minutos parecen fáciles de afrontar. Y lo que puede ocurrir es que, ya inmerso en esa actividad, te des cuenta de que no es tan complicada y sientas la necesidad de seguir hasta el final. Por tanto, ante una tarea que te cueste arrancar, tienes que engañar al cerebro diciéndole “Voy a ponerme a hacer esto sólo unos minutos…”, y puedes estar seguro de que estos pocos minutos de actividad te van a crear la suficiente ansiedad mental como para que tú mismos quieras terminar esa tarea.

Por otro lado, investigadores de la Universidad de Pensilvania, sostienen que para ponerte manos a la obra necesitas ser un poco optimista y un poco pesimista. Es la técnica del pensamiento doble. Para ello, prueba a coger un papel y apuntar dos beneficios evidentes que te va a reportar el trabajo que tienes que hacer, y también los dos obstáculos más importantes que te vas a encontrar. Por ejemplo, estudiar para un examen: estoy estudiando para sacarme el último curso de comunicación y los exámenes finales son dentro de un mes. Primero, tienes que pensar acerca de cómo un examen concreto va a hacer que tu vida sea mejor. La primera ventaja puede ser que podrás trabajar y ganarte la vida cuando termines. La segunda ventaja es que podrás trabajar en una agencia, y conocer  a muchas personas. Y desde la perspectiva pesimista, tengo que reconocer que uno de los obstáculos evidentes que me voy a encontrar es que casi no podré salir durante este mes, y mis amigos me echarán de menos. ¿Estoy preparado para eso? Además, el trabajo en las agencias es duro y saldré tarde. Ya tenemos dos ventajas, con sus dos obstáculos consiguientes. Las investigaciones nos dicen que si haces esto obtendrás mejores resultados que si únicamente te dedicas a ver la parte buena, o la parte mala. Hay que llegar a este equilibrio para estar motivado, para no tirar la toalla a la primera.



Conseguir tus sueños no es sólo cuestión de tener buenas ideas, sino ser capaz de llevar estas ideas a la práctica. Recuerda: lo más difícil es empezar.

sábado, 31 de agosto de 2013

¿Tú qué harías?

Imagina esta escena por un momento: Vas de viaje. Conduces un coche a través de la campiña. Llegas a un pueblo. Un niño se cruza en tu camino. ¿Qué haces? ¿Frenas?

Joshua Green, profesor de psicología de Harvard, quiso estudiar acerca de la ética y la moral relacionándolas con las neurociencias. Sus famosos dilemas morales con trenes (trolleys) sugieren que hay dos tipos de empatía: una fría y otra caliente.

En uno de los dilemas, un tren va a arrollar a cinco personas y tenemos la posibilidad de cambiar de vía al tren utilizando una aguja. La cuestión es que en la otra vía otra persona sería atropellada por el tren. Probablemente tú, como la mayoría de la gente, no tendrías problema en decidir utilizar la aguja y salvar a cinco personas condenando a una. Este mismo dilema tiene otro variante: es el mismo tren que va a arrollar a cinco personas pero ahora tú estás en un puente sobreelevado al lado de un señor gordo y si arrojas al señor a la vía puedes parar el tren. En este caso tú, como la mayoría de la gente, te negarás a hacerlo.

Para Greene el primer caso es un dilema impersonal, de empatía fría, e implica regiones del cerebro como la corteza prefrontal y el córtex parietal posterior (áreas vinculadas con la razón). Sin embargo, el segundo caso es un dilema personal, caliente, implica provocar la muerte con nuestra actuación de forma directa y en este caso la zona del cerebro implicada es la amígdala, centro emocional del cerebro.

La explicación evolucionista del diferente comportamiento de las personas en estas dos situaciones sería que durante la mayor parte de nuestra historia evolucionista los seres humanos hemos vivido en pequeños grupos donde nos conocíamos todos y donde la violencia sólo podía infligirse de una manera directa, personal (golpeando, estrangulando, empujando). Para tratar con estas situaciones hemos desarrollado unas respuestas emocionales aversivas inmediatas, de base emocional. El pensamiento de arrojar a una persona por el puente dispara esta respuesta emocional aversiva. Mover una aguja que desvía el tren no guarda semejanza con ninguna circunstancia en las que nosotros y nuestros ancestros hemos vivido en el pasado. Por ello, el pensamiento de activar la aguja no dispara la misma respuesta emocional que arrojar a una persona a las vías.

Este mecanismo explica los problemas para llevar a cabo el Holocausto que tuvieron los nazis. Cuando utilizaban métodos muy directos como disparar directamente a las personas los soldados vomitaban, sufrían crisis nerviosas, debían de ayudarse de alcohol y drogas, y muchos de ellos no podían llevar a cabo esas matanzas. Cuando el método utilizado fueron las cámaras de gas se facilitó enormemente la ejecución de esas atrocidades. Esto explica también que un soldado americano que no daría un sopapo a un niño sea capaz de disparar un misil desde un F-18 a cientos de kilómetros de la diana y provocar la muerte de 200 niños. 


Pero volvamos a la imagen inicial. Conduces un coche a través de la campiña. Llegas a un pueblo. Un niño se cruza en tu camino. Ahora lo sabes, ese niño será el responsable de la muerte de seis millones de judíos. Es Adolf Hitler y su madre grita desconsolada ante el inminente atropello. Y sí, probablemente, sí frenarías. A pesar de todo, lo harías.



lunes, 22 de julio de 2013

Mente llena o mente plena

Esa es la cuestión: no es lo mismo una mente llena de cosas que una mente plena de conciencia. La capacidad del cerebro adulto, dotado de una gran corteza cerebral para prever el futuro y recordar el pasado puede ser muy útil pero también es un arma de doble filo, porque nos hace presa de miedos y de deseos interminables. ¡Nos cuesta mucho no obsesionarnos con el futuro, con lo siguiente que toca hacer, o con recordar situaciones pasadas! Los niños son más capaces de vivir en el presente porque su propia estructura cerebral, todavía inmadura, se lo pone más fácil. Pero al cerebro adulto le cuesta hacerlo. Hay que entrenarlo un poco.

Y te preguntarás, ¿para qué tenemos que entrenarlo?, ¿no estamos mejor con la cabeza en otro sitio? Pues no. Seguramente te has dado cuenta de que las experiencias más placenteras son las que te absorben en cuerpo y mente, las que no están contaminadas por las preocupaciones o las lamentaciones: tocar un instrumento, conducir disfrutando de la carretera, charlar con alguien a quien aprecias… Pero lo cierto es que eso también es verdad de las rutinas diarias, como fregar los platos, lavarnos los dientes, pelar una manzana… Dos psicólogos de la Universidad de Harvard, Matt Kilingsworth y Dan Gilbert, han llegado a la conclusión de que casi la mitad de nuestros pensamientos no tienen nada que ver con lo que estamos haciendo. Y esto nos suele ocurrir incluso cuando hacemos actividades supuestamente divertidas, como mirar la tele o charlar con alguien. Demostraron, además, que somos más felices cuando nuestros pensamientos y nuestras acciones coinciden, aunque sólo sea para lavarnos los dientes. Se ha comprobado que te hace más feliz, por ejemplo, barrer el suelo pensando en lo que estás haciendo que barrer el suelo pensando en unas vacaciones de ensueño.

El budismo es sin duda el lugar de origen de la práctica de la atención plena. Sin embargo, los místicos cristianos como Santa Teresa de Ávila, destacaron la reflexión consciente como una forma de estar en comunión con Dios. El aspecto consciente de la atención tiene muchos nombres: zikr en el Islam, kavaná en el judaísmo y el samadhi en el budismo y el hinduismo.

Un método de entrenamiento es el llamado Mindfulness. El mindfulness es un fin en sí mismo. Es atención, conciencia y reflexión de carácter no valorativo. Es una experiencia meramente contemplativa, se trata de observar sin valorar, aceptando la experiencia tal y como se da. Es una observación abierta e ingenua, ausente de crítica y valencia. Se diría que es una forma de estar en el mundo sin prejuicios: abierto a la experiencia sensorial, atento a ella y sin valorar o rechazar de forma activa y taxativa dicha experiencia.

El mindfulness es como un tipo de meditación inserta en la cultura oriental y en el budismo en particular (Gremer, 2005), el ideal Zen de vivir el momento presente. Desde un punto de vista psicológico también se ha venido a considerar como un constructo de personalidad. No es sólo prestar atención, además tiene que ver con mostrar una actitud abierta y curiosa hacia lo que pasa. Sin juzgar ni valorar. Quizá este vídeo te ayude a entenderlo mejor.



P.D.: El futuro nos tortura y el pasado nos encadena. He ahí porque se nos escapa el presente. Gustave Flaubert

domingo, 30 de junio de 2013

Peligro de contagio

Las emociones se contagian. Sí, se contagian mucho más rápido que cualquier virus. Tanto la positivas como las negativas. Aunque las más intensas como el desprecio, la ira o la tristeza, se contagian aún más rápidamente porque son las  emociones que el cerebro cree que más pueden ayudarnos a sobrevivir.

Estamos programados para contagiarnos emociones por dos motivos: para aprender y para sobrevivir. Por un lado, imitar a los demás nos ayuda a aprender de ellos. Por otro, las emociones de los demás pueden salvarnos la vida. Si un animal salvaje se acerca a un poblado la primera persona que lo vea saldrá a correr con cara de susto y los demás le seguirán sin pensar. Como no queremos estar fuera del grupo, imitamos a los demás de forma consciente e inconsciente: copiamos gestos, risas, toses, acentos, seguimos modas en la forma de vestir o de hablar… Aunque sea una programación antigua diseñada para ayudarnos a sobrevivir, no ha cambiado porque todavía funcionamos con muchos instintos ancestrales. De hecho, los estudios más recientes, por ejemplo los de percepción de Solomon Asch, indican que la presión social es capaz de cambiar y moldear nuestras decisiones porque el cerebro nos alerta cuando no pensamos como los demás, y nos recompensa si nos conformamos a la mayoría.

Pero no siempre es útil ser contagiado por las emociones negativas. Muchas de las emociones que antaño nos salvaban la vida hoy nos generan respuestas fisiológicas que nos enferman a través del estrés. Así, debemos ser capaces de filtrar de manera consciente algo que es inconsciente y programado. Ser emocionalmente inteligente implica ser un individuo con libertad a la hora de sentir y pensar. Algunos recursos que puedes utilizar son:

-          Exagera los «activadores» del buen humor: come chocolate, haz deporte, baila, sal con los amigos, ve al cine…
-          Elimina o limita lo que te desgasta: la crítica interna y externa, las personas amargadas, las limitaciones que te impones, las luchas de poder, todo lo que supone perder tiempo y energía. Reemplázalos con situaciones y personas positivas.
        Tu cerebro, naturalmente, pone el foco en lo negativo: tú céntrate en lo que haces bien, es decir, pon el foco en lo positivo, en lo que te hace sentir bien, en lo que te alimenta, en el trabajo, en tu vida personal.
        Pasa tiempo con personas positivas, sus emociones también son contagiosas.

Somos responsables de las emociones que trasladamos a los demás. No los contamines. Cuenta hasta cinco antes de enviar un correo desagradable o de decir algo negativo. Tenemos una gran capacidad para hacer daño o para dar alegría a los demás, para contagiarles consciente o inconscientemente nuestras emociones, ¿o sí?

sábado, 1 de junio de 2013

Macho alfa

El otro día alguien le dijo a mi hija que procedía del mono. Me costó explicarle que, para ser exactos, el mono no es nuestro padre, es nuestro hermano. No procedemos del mono, somos monos. Una raza evolucionada de monos sin pelo.

Por eso nos resulta tan divertido observar el comportamiento de bonobos y chimpancés, las especies más parecidas al mono humano. De casi todos nuestros comportamientos podemos encontrar una muestra mirando a nuestros hermanos primates.

Mi marido, como cualquier hombre, tiene a veces comportamientos de demostración de fuerza y chulería (me temo que ahora podré confirmar si aún sigue leyendo mi blog). Estas demostraciones de fuerza a los demás son usuales para evitar las confrontaciones directas que pueden acabar en daños irreparables para todas las partes.

Los grandes simios arrancan ramas, chillan, se suben a los árboles o arrastran piedras con este fin. Los humanos rompemos objetos, damos puñetazos contra la mesa, cerramos la puerta de golpe, gritamos e incluso damos patadas a las cosas, también hacemos desfiles militares o  pruebas con misiles.

En primates, se ha observado cómo individuos con lesiones fingían estar bien para no mostrar su debilidad a los oponentes. Esta es la razón por la que los poderosos tienen tanta precaución a la hora de mostrar a dirigentes enfermos o retienen la información de su enfermedad el máximo tiempo posible. Algo así ocurrió con Franco, Castro y hace poco tiempo con Chávez.

Otros ejemplos fáciles de identificar provienen del mundo del deporte. El equipo de rugby neozelandés 'All Blacks' utiliza en los previos una danza maorí con el fin de achantar al equipo rival.


Siguiendo con nuestra observación antropológica. De la misma manera que no hay macho alfa si no hay manada, no existe líder sin seguidores. Pero los líderes mundiales deberían pasar de vez en cuando por 'El ritual del rey payaso' que practican varias tribus de África del Sur.

En estas sociedades, el rey tiene que vestirse de pobre o actuar como un payaso durante un día al año, durante el cual debe soportar el odio e insultos que provienen del pueblo. Estos rituales que tanto fascinaron al antropólogo Max Gluckman, sirven para recordar simbólicamente que el sistema está por encima de cualquier individuo y que su poder emana del consentimiento colectivo.

sábado, 11 de mayo de 2013

El humano impasible

En abril de 1961 Adolf Eichmann fue juzgado y sentenciado a muerte por crímenes contra la humanidad durante el régimen nazi en Alemania. Tres meses después Stanley Milgran, psicólogo de la Universidad de Yale, realizó una serie de experimentos para responder a la pregunta: ¿Podría ser que Eichmann y su millón de cómplices en el Holocausto sólo estuvieran siguiendo órdenes?

Antes de que concluyas que esas acciones no tienen justificación alguna deja que te cuente en qué consistieron los experimentos y cuáles fueron los resultados:

Se buscaron voluntarios para un ensayo relativo al "estudio de la memoria y el aprendizaje”, se les ocultó que en realidad iban a participar en un investigación sobre la obediencia a la autoridad.

El experimento contaba con tres sujetos: el maestro, el alumno y el investigador. Al comienzo se les daba tanto al "maestro" como al "alumno" una descarga real de 45 voltios con el fin de que el "maestro" comprobara el dolor del castigo que recibiría su "alumno". Seguidamente el investigador proporcionaba al "maestro" una lista con pares de palabras debía enseñar al "alumno". El "maestro” leía la lista y después decía una palabra para que el alumno indicase si correspondía con las leídas previamente presionando un botón. Si la respuesta era errónea, el "alumno" recibiría del "maestro" una primera descarga de 15 voltios que iría aumentando en intensidad hasta los 30 niveles de descarga existentes, es decir, 450 voltios. Si era correcta, se pasaría a la palabra siguiente.

El "maestro" creía que estaba dando descargas al "alumno" cuando en realidad todo era una simulación. El "alumno" había sido previamente aleccionado por el investigador para que  simulase los efectos de las sucesivas descargas. Así, a medida que el nivel de descarga aumentaba, el "alumno" comenzaba a golpear en el vidrio que lo separaba del "maestro" y se quejaba de su condición de enfermo del corazón, luego aullaba de dolor, pedía el fin del experimento, y finalmente, al alcanzarse los 270 voltios, gritaba de agonía. Si el nivel del supuesto dolor alcanzaba los 300 voltios, el "alumno" dejaba de responder a las preguntas y se producían los estertores previos al coma.

Por lo general, cuando los "maestros" alcanzaban los 75 voltios, se ponían nerviosos ante las quejas de dolor de sus "alumnos" y deseaban parar el experimento, pero la férrea autoridad del investigador les hacía continuar. Al llegar a los 135 voltios, muchos de los "maestros" se detenían y se preguntaban acerca del propósito del experimento. Cierto número continuaba asegurando que ellos no se hacían responsables de las posibles consecuencias. Algunos participantes incluso comenzaban a reír nerviosos al oír los gritos de dolor provenientes de su "alumno".

Si el "maestro" expresaba al investigador su deseo de no continuar, éste le indicaba imperativamente que debía hacerlo, si aún así se negaba, se paraba el experimento. Si no, se detenía después de que hubiera administrado el máximo de 450 voltios tres veces seguidas.

Los resultados son estremecedores. Se comprobó que el 65% de los sujetos que participaron como "maestros"  administraron el voltaje límite de 450 a sus "alumnos". Ningún participante paró en el nivel de 300 voltios, límite en el que el alumno dejaba de dar señales de vida.

El profesor Milgram elaboró dos teorías que explicaban sus resultados: La primera es la teoría del conformismo, basada en el trabajo de Solomon Asch. Un sujeto que no tiene la habilidad ni el conocimiento para tomar decisiones, particularmente en una crisis, tomará las decisiones que le dicte el grupo y su jerarquía. El grupo es el modelo de comportamiento de la persona.

La segunda es la teoría de la cosificación. Según ésta, la esencia de la obediencia consiste en el hecho de que una persona se mira a sí misma como un instrumento que realiza los deseos de otra persona y por lo tanto no se considera a sí mismo responsable de sus actos.
Y yo sigo empeñada en que mi hija aprenda a obedecer.